miércoles, 29 de agosto de 2012

La llocllada



Chi... chi... chicuaaa...

Desde las tempranas horas de ese día se escuchó en forma insistente este agorero canto, unas veces en los caimitos, otras en los sapotes, causando en los pobladores yuracyaquinos, sobre todo mujeres, una mal disimulada preocupación.

—¡Diosito mío, qué quizá va a pasar! —le dijo Domitila a su vecina de enfrente, que en esos momentos se encontraba barriendo la vereda de su casa.
—¡Qué ya vuelta tienes, comadre! ¿De qué ya pues tienes miedo? —le preguntó Enriqueta, un tanto sorprendida por la expresión temerosa de su vecina.
—Cumita —le respondió Domitila—, ¿no oyes pues lo que por demás ya canta esa maldita chicua?
—Alao, pobre pajarito, ¿por qué ya pues le maldices, qué culpa tiene? Además, tú sabes que no es malo cuando canta en nuestra derecha. De repente algo bueno nos está avisando...
—De veras —dijo Domitila, convencida de que lo dicho por su comadre era cierto, concluyendo así el breve diálogo. Ambas mujeres entraron a sus casas, dirigiéndose a la cocina, pues ya era casi el mediodía y en tullpas las ollas reclamaban atención. Muy pronto saldrían los muchachos de la escuela y había que apurar el almuerzo.

El segundo día transcurrió tranquilo, sin que se produjera ningún acontecimiento que justificara el porfiado canto del día anterior.

Llegó el tercer día. Los pobladores se encontraban ya dedicados a sus afanes diarios. A Domitila, que estaba abrigando en sus entrañas una nueva vida, se le vino esa mañana unas ganas de comer timbuchi, y este deseo ya lo había hecho conocer a Desiderio, su marido, quien le prometió, con poca seguridad, conseguir un poco de pescado fresco. De repente, alguien empezó a regar la noticia:

—¡Llocllada! ¡El Mayo ha llocllado! —Tal noticia corrió velozmente de boca en boca y de un extremo a otro de la población, provocando en arribinos y bajinos un mayúsculo revuelo. Todos tuvieron un mismo deseo: aprovechar al máximo lo sucedido en el río. La llocllada, como se le llama en el Alto Mayo, es un fenómeno natural que se produce de tiempo en tiempo, cuando las aguas del río, estando bastante crecidas, por acción de un derrumbe se vuelven lodosas, motivando que gran parte de su fauna ictiológica perezca por asfixia, lo cual es aprovechado por los pobladores ribereños. Se cuenta que, años atrás, cuando también lloclló, los pescadores vieron bajar, muertos ya, a dos seres extraños, de color negro y cubiertos de pelos, cuyas extremidades terminaban semejantes a las del pato. Según dijeron, estos seres habrían sido yakurunas. Y también cuentan que otro pescador encontró casi moribunda a una sirena, a lo que recogió, compadecido, y dizque cuando la soltó en una quebrada de aguas limpias, ella se sumergió y no se dejó ver más.

Volvamos a nuestro relato. Un vecino entró rápidamente en la casa de Desiderio y dirigiéndose a él —que en esos momentos, azuela en mano, estaba tratando de dar forma de batea a una aleta de ojé— casi gritando le dijo:

—¡Don Desiderio, por qué no vamos nosotros también a pescar! El Mayo ha llocllado y harta gente está yendo. Tú tienes canoa...

Este, que era amante de la caza y la pesca, no se hizo de rogar. Además, no podía haber sido más oportuna la petición de su vecino, justo cuando estaba preocupado pensando dónde podría conseguir pescado para el timbuchi que su mujer deseaba.

Dejando a un lado su labor casera, agarró su remo, una red y una huahuasapa, y, seguido de su vecino, se dirigió al puerto donde tenía amarrada su canoa. Como el río donde estaba su embarcación distaba unos cien metros de donde vivían, Domitila les siguió con la esperanza de que tal vez la llevarían. Pero no resultó. Se quedó parada en la orilla, deseándoles buena suerte y pensando que felizmente su hijo no iba a correr ningún riesgo, pues había ya la seguridad de que su marido podría conseguir el pescado que ella deseaba.

Horas más tarde, Desiderio y su vecino regresaron contentos, silbando una canción que sólo ellos sabían. Dentro de la canoa se veía buena cantidad de boquichicos, dentones, cotolos.

En la tarde, todas las cocinas del pueblo olieron a timbuchi.




¿Quién es el autor?Yuracyacu, Rioja - 1939. En el año 2000, Carlos Tafur Ruiz publicó “Llocllada y otros relatos”cuyo contenido prende la luz primera de aquella prístina y demoledora presencia de Yuracyacu en la patria grande.

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