viernes, 7 de septiembre de 2012

Personaje ilustre: Jorge Luis Borges


La lengua castellana está orgullosa de haber visto nacer a uno de los grandes escritores de su historia. 

Este ilustre hombre nació a los  ocho meses, en Buenos Aires, Argentina, en el año de  1899; desde temprana edad fue bilingüe, ya que en su hogar se hablaba dos idiomas: el español y el inglés. Perteneció a una familia de profesionales; pero aquel que marcó su vida con la literatura fue su padre, quien también escribió poemas y relatos. Su producción literaria se inicia a los siete años  con su primer relato "La visera fatal";  a los nueve años tradujo "El príncipe feliz" de Oscar Wilde. 

Padeció, por herencia, de  ceguera progresiva, razón por la cual toda la familia se trasladó a Europa a  fin de ser sometido a un  riguroso tratamiento.  

A fines de 1921 regresa a su patria  y junto con otros escritores, funda un movimiento altruista parecido al que se gestaba en España y publica la revista "Prisma  y Proa"; fue maestro en la Universidad de Buenos Aires, director de la Biblioteca Nacional y conferenciante. 

Sus obras literarias son innumerables, y se dividen entre el verso el ensayo y el cuento.

Murió en Ginebra, después de haberse sometido a ocho operaciones oftalmológicas   el 14 de junio de 1986. 

(Daphne Viena)//


Arte poética


Mirar el río hecho de tiempo y agua 
y recordar que el tiempo es otro río, 
saber que nos perdemos como el río 
y que los rostros pasan como el agua. 

Sentir que la vigilia es otro sueño 
que sueña no soñar y que la muerte 
que teme nuestra carne es esa muerte 
de cada noche, que se llama sueño. 

Ver en el día o en el año un símbolo 
de los días del hombre y de sus años, 
convertir el ultraje de los años 
en una música, un rumor y un símbolo, 

ver en la muerte el sueño, en el ocaso 
un triste oro, tal es la poesía 
que es inmortal y pobre. La poesía 
vuelve como la aurora y el ocaso. 

A veces en las tardes una cara 
nos mira desde el fondo de un espejo; 
el arte debe ser como ese espejo 
que nos revela nuestra propia cara. 

Cuentan que Ulises, harto de prodigios, 
lloró de amor al divisar su Itaca 
verde y humilde. El arte es esa Itaca 
de verde eternidad, no de prodigios. 

También es como el río interminable 
que pasa y queda y es cristal de un mismo 
Heráclito inconstante, que es el mismo 
y es otro, como el río interminable.

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

         No sé cuál de los dos escribe esta página. (JLB, 1960)

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