miércoles, 26 de septiembre de 2012

Relato: Violación


Autor: Félix F. Quiroz Enríquez

Luchaba por desasir sus lánguidas muñecas de las garras de aquel energúmeno. El degenerado la había depositado con fuerza contra el suelo en posición de cúbito dorsal y la tenía atrapada sobre un pedregal. Al caer violentamente de posaderas, la muchacha se había golpeado la cabeza, pero el temor a ser ultrajada no permitió que perdiera la razón. 

María es la única de cinco hermanas que siente la necesidad de estudiar. Ella tiene que trabajar para pagar los gastos que genera el sistema educativo peruano. Además, tiene que luchar contra el pensamiento de su padre que es un túnel negro que va hacia el pasado conservador en cuanto a matrimonio se refiere. El conocimiento de este, cava en las profundidades de las tradiciones caducas para dar validez al marido como  el centro del hogar y el que corre con los gastos de la casa. No hay que juzgarlo mal por su forma de pensar, ya que, esa costumbre, él la aprendió desde niño de la boca de sus padres y en algunos pregones de los "pastores" que pasaron por la iglesia a la que asiste todos los días. Pero, María está hecha de otro molde cerebral, su pensamiento va más allá de las simples palabras que le dice su progenitor. Es una alumna aplicada, muy responsable, además, enteramente humilde. Rasgos significativos que nos llevarían a afirmar que es y será una excelente ciudadana.

El pueblo en el que reside María es un caserío formado por una colonia de naturales de la selva e inmigrantes de la sierra. Ambas razas conviven con diferentes tradiciones y virtudes morales y rara vez se desposan.  Pues bien, los shishacos, como así les llaman a los inmigrantes de la sierra, asisten a misa todos los días, de siete a nueve de noche. Allí algunos rezan, mecánicamente, las oraciones aprendidas desde niños y cantan sin concentración todos los coros de su fe. Pero, siempre que María ingresa a la iglesia, hay un par de ojos que se encienden en su angelical figura.

Un día, la muchacha, en su cocina, con todos los ánimos descargados en sus hábiles manos, prepara el almuerzo para llevarlo a su padre, quién cultiva el algodón en el campo, mientras una mente insidiosa, a cinco puertas de su casa, adereza sagazmente el momento y el sitio para cometer un fatal latrocinio. El almuerzo de la joven ya está cocido y el perverso plan del hombre también. María arregla la comida en platos bien amarrados con manteles blancos y los coloca en una matizada alforja. Mira el reloj y ya es hora de emprender la marcha. Sale de prisa porque quiere ganar tiempo para llegar al colegio. Desde no muy lejos, dos pecaminosos ojos la miran en su recorrido y salen tras ella, pero más allá se quiebran por otro rumbo para no levantar sospechas.

María deja el almuerzo a buena hora, entonces procura regresar. Ahora, su pensamiento se centra en sus labores escolares. Más abajo de su recorrido, los perseguidores ojos se acurrucan debajo de un matorral y la mente que los dirige espera impaciente a su víctima.

María camina contenta, con la razón puesta en todas sus tareas, sólo espera que los profesores las revisen y digan que están bien. Cuando está a mitad del camino de regreso, dos manos que más parecían garras de una enfurecida bestia la sujetaron con fuerza, rápidamente un pesado cuerpo de hombre se le abalanzó encima y la hizo caer sobre un accidentado suelo bañado con desiguales pedruscos. Sintió que una roca le golpeó la cabeza, pero aun así no perdió la razón. No iba a permitir que aquella bestia inhumana abusara de ella. Una piedra, disconforme a las demás, le arañaba la columna; debería causarle gran dolor, sólo que, en la desesperación, eso no importaba. Movía su cuerpo, serpenteándolo para quitarse el gran peso de encima. Sintiendo cada vez más el frenesí  brutal de aquel desadaptado mental, la contextura delgada de la jovencita logró sacar fuerzas de flaqueza y, con sus  manos aún presas, deslizó al depravado por encima de su cabeza, quedando al descubierto el abdomen lujurioso de su verdugo, listo para recibir unos dientes crispados. Las potentes mandíbulas de la muchacha desubicaron al hombrezuelo, el mismo que, gritando y encogiéndose de dolor, dejó en libertad a la joven, ya que sus manos ahora se ocuparon en sobar su reciente lesión. La jovencita, aprovechando el momento, rápidamente cogió su alforja que estaba tirada en medio del camino y corrió lo más veloz que pudo en dirección al caserío, dejando atrás a un ovillo humano revolcado sobre las piedras.

Al llegar a su casa, sudando y con el corazón agitado, tomó la decisión de no contar lo sucedido a su padre, ya que este diría, seguramente, aunque no fuera cierto, que el mal incidente le ocurrió por andar coqueteando con los muchachos del pueblo. Entonces, decidió contárselo al pastor de la iglesia a la que asiste ella y el degenerado hombrezuelo, el mismo que le doblaba en edad. Estaba segura que el canónigo le daría una buena salida y le ayudaría a salir de ese trance. Tal acto merecía una denuncia judicial.

Contó lo ocurrido al predicador. Este se quedó asombrado y prometió a la muchacha hacer una misa para salvaguardar las normas morales de los creyentes. En horas de la noche, sólo se escuchó de parte del predicador decir: 

–Hermanos míos, oremos por  nuestro hermano Fidel quién ha sido tentado por "el diablo". Recemos para que no sea tentado y lleve una vida tranquila.
El hombrezuelo, aludido en la misa, en un rincón de la Iglesia, sin escuchar nada, no quitaba la vista de la joven.//

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