miércoles, 26 de septiembre de 2012

Relatos: Yakuruna (fragmento)


Autor: Miuler Vásquez González

Hay una laguna encantada que pocos pueden ver, muy cerca de una ciudad extinguida a la que los exploradores del lugar han denominado Pahatin. Muchas personas me hablaron de su existencia, así que un día fui a buscarla.

Caminé en varias direcciones, pacientemente, mirando a todas partes y sin detenerme en los obstáculos. Ya sabía que era difícil, y que en cualquier momento la naturaleza iba a detener mi avance. O llovía y lo desbordaba todo, o alguna serpiente andaba acechándome, o una bestia salvaje me perseguía… Iba pensando en la más atroz de las desgracias, aunque qué podría ser más monstruoso que yo mismo.

Sí cayó la lluvia, también el río inundó mi emplazamiento; aun así no me detuve, por nada. Anduve por unas rocas, escalé una montaña al parecer interminable, descendí a un abismo, me cansé, y ya cuando me sentí en otro lugar, uno muy distante y diferente del que buscaba, la laguna se impuso ante mis ojos. Supe que era mi lugar, todo mío, porque al darme la vuelta, Pahatin se imponía ante mí con inconmensurable belleza.
  
Estaba caminando aquella tarde por los alrededores de esa laguna, cuando un hombre a quien no pude ver, desde atrás me sumergió hasta lo más profundo de sus oscurecidas aguas… Abajo hay lodo, mucho lodo, pero el agua ahí es clarita, diferente a lo que se ve en la superficie.

No he podido durar mucho bajo esas aguas, no es igual que en un río; escasos tres minutos resistí, enseguida intenté salir a la superficie, en vano, porque el lodo me atraía con una brutalidad bárbara. Difícil me era librarme de esa fuerza misteriosa, aunque no sé cómo mi cabeza vio el exterior unos segundos, los suficientes para respirar una sola vez, antes de caer de lleno en aquel fondo enlodado.

En los segundos que salí a respirar, vi a un hombre mirarme desde la orilla; era igualito a mí, y estaba vestido con la misma ropa que yo llevaba puesta. Alguna seña debió de hacerme con sus manos, pero no pude verle bien porque esta vez me sumergí hasta el fondo, desvanecido no por el cansancio sino más bien por la impresión de haberme visto a mí mismo, sin que me importara morir y resuelto a extinguirme.

Empecé a tragar agua, barro, todavía consciente; luego cerré mis ojos, acostumbrado en estos casos a dejarme llevar por lo incierto, y fue que una capa muy fría, de agua, o lodo, o no sé qué, me dio pase a un escenario nuevo que en breve descubrí, muy conmocionado, en el momento que intentaba cerciorarme de mi supuesto deceso. Todo era muy extraño, empezando por los peces, las raíces de algunas plantas, las cavernas… En principio, nada estaba conforme; es decir, las cosas y seres vivientes, incluyéndome, cambiábamos de lugar muy a menudo y lo hacíamos de forma invertida. Me costó acostumbrarme, era raro andar de cabeza; sin embargo, con el paso de las horas, me pareció tan normal, que me hice la idea de vivir así toda mi vida.
Los peces eran muy grandes, ninguno de forma conocida, todos de colores intensos, relucientes. Vi uno amarillo, otro azul, uno parecido al arco iris, uno rojizo…, cada cual moviéndose con lentitud y sin temor de mi presencia. Pasaban rozándome estos peces, e iban a las cavernas o se perdían en la distancia. 
Las cavernas, en sus interiores contenían estructuras simétricas, arriba unas enormes piedras puntiagudas, lo mismo abajo, cual si fueran dientes filudos. También estas estructuras eran coloridas: verdes, amarillas, rojas… ¡ninguna oscura por dentro! Yo las escudriñé con detalle, me tomé el tiempo necesario para mirarlas en busca de una explicación razonable, y así estuve mucho tiempo, días y días, curiosamente sin sentir hambre, ni sueño, ni cansancio.
De las raíces, cada cual con tamaños y formas distintas, incrustadas en la superficie y flotando en diversos puntos cada cierta distancia uniforme, puedo afirmar que eran como puntos de ubicación. A veces las veía de color verde, pero distintas a la coloración de una hoja; más bien era un verde indefinible que se opacaba un rato y otro se volvía luminoso.

Bajo mis pies había un espejo de área indeterminada, enorme; podía verme en él  si me detenía, mas cuando caminaba, sentía estar sobre un vidrio delgadísimo, debajo del cual había una gran ciudad en ruinas, sepultada por el agua. 

Una vez, caminando por el borde de una caverna, llegué a un lugar en donde, pese a no detenerme, me vi en el otro lado. Inicialmente estaba ante un espejo, luego, siendo yo mismo pero del lado contrario, me quedé inmóvil ante el inusual cambio. Y mientras reaccionaba, la otra parte se iba alejando, dándome la espalda. Fue ahí cuando me lancé contra el espejo, sin importar que se rompiera; pero no se rompió, ni impacté contra nada: sencillamente, de nuevo el lodo, agua, y la respiración contenida a punto de asfixiarme, me obligaron a buscar el exterior. 

Nadé desesperado, mi cabeza emergió del agua y…  afuera, quien me había empujado, o sea yo mismo, me atrajo hacia él. Me sentí muy extraño, con frío; aun así me metí dentro de su cuerpo  y acabé derribándolo en la arena. Cuando me desperté, estaba tendido en la orilla, mirando con asombro las azuladas aguas de aquella laguna encantada.

Nunca vi nada semejante en mi vida, todo aquello me pareció maravilloso. Todavía cada vez que voy a ese lugar, me sigo emocionando con su belleza… 
Nada más.

Ahora voy a ponerte las vendas para llevarte de regreso. ¡Cierra los ojos! (...)

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