jueves, 27 de septiembre de 2012

Utopías y desvaríos (1)


Un día cualquiera, me levanté con el ánimo de ser lo que no soy: el hombre bueno que saluda a todo el mundo. Y salí a la calle sin mirar a nada ni a nadie, ni siquiera a mis tan evidentes y poco refinados zapatos, que son como yo en estos casos: de color negro.

Mis ojos también se han extraviado desde entonces, arruinados por el sopor de la independencia que ahora desarma mi timidez y me hace sucumbir en un abismo de incontrolable deseo. Yo no me detengo a pensar ante estos hechos; al contrario, me extiendo sobre mis actos malsanos con sobrada resignación, como corresponde a mi naturaleza. Pero la bondad duerme en mis entrañas, más de lo que el mundo imagina, mucho más que los pensamientos adormecidos que se gestan en mi alucinada mente, a mil por segundo.

Aquel día, me detuve frente a una iglesia, dispuesto a derribarla con una mirada demoledora, sin éxito. De repente, de la nada, tuve un deseo irresistible de gritar los nombres de algunas personas, a toda voz. Era una intención inquisidora, letal, que me hizo verter, bajito, solo algunas sílabas.

Lo que vino después, es decir, si desvarié o me desvanecí en profundo sueño, es un verdadero misterio. He tragado el polvo, mi respiración se detuvo algunos milenios, y ya sin vida, qué ganas tuve de no despertar, qué oscuridad tan nítida me obligó a mantener el desequilibrio de mi cuerpo, y, qué gigante era mi deseo de volverme a matar, para experimentar un dolor diferente, re-letal; sin embargo, ¡qué risa!, por poco mi cuerpo se desploma al pavimento, antes de que un vehículo pesado, al tratar de esquivarme, colisionara contra un muro. 

Por fortuna, abrí los ojos a tiempo, en el preciso momento que se suscitaba el choque. Con maldad, alegría y actitudes impuras que me dan vida a veces, vi, sumido en un placer enorme, las escenas caóticas más bellas que he podido ver en mi vida. Mi despertar, así lo concebí, era pura poesía, por eso empecé a reírme a carcajadas, por lo feliz que me sentía. Jamás imaginé que mi felicidad iba a ser enconosa, menos que iban a golpearme por eso.

(M.V.)

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