jueves, 27 de septiembre de 2012

Utopías y desvaríos (2)


Me siento abrumado de regocijo cada vez que puedo acariciarte con estas manos callosas, sobre todo si me desvío de tu busto a tu vientre; pero, si no me alejo a tiempo, el vómito me persigue, surge de la nada y se involucra en mis fantasías, haciendo de ese impertérrito ritual que mis manos van forjando, un declive irracional, torpe y asqueroso.      

Que no me juzguen tus ojos, ni que tu boca pronuncie la sentencia evidente; preferible, extiende tus zancadas en dirección inexacta, para saber que vas a derrumbarte lejos de mis brazos, en la nada... 

No me mires, y que tus lagrimales se escurran por dentro, ¡no quiero ver llanto! Además, consuélate, tal vez con un golpe de suerte, termines sobre esas sábanas que tiré por ahí, en el suelo. 

"En el suelo", mojada con mi ennoblecido sudor, vas a estar como en la gloria, satisfecha del final que te toque. Pero si tu cuerpo no se desploma en el lugar indicado, cumpliré con asistirte en tus últimos momentos de anhelo: he de ir en busca de aquellas humedecidas sábanas, y cuidando de que no se escurra o evapore mi sudor que las humedece, las extenderé sobre tus provocativos relieves. 

Nada más: es eterno este hundimiento, lo sabes. El precipicio es de tamaño ínfimo, tan degenerado como el sueño que anhelas hoy, princesa; pero este tu castillo me es acogedor, no creas lo contrario. Estas paredes, esta luz tenue..., y las otras mujeres, que a tu lado son poca cosa, me hacen pensar en tu consagración. 

Entiende: tu trono no es lo que los demás dicen, no es un "lupanar barato"; tampoco tú eres esa meretriz a quien todos prefieren, porque finalmente eres la única que los elige, desde antes de conocerlos. A mí me has elegido innumerables veces, por eso me diferencio del resto; por eso, dejas abiertas tus alas para que yo las corte cuando quiera.   

Termina de caer, es el momento. Yo cerraré los ojos para complacerte y no sumirme en tu trance. Enseguida me iré. Afuera me espera el sol, la ansiedad derrumbada en tus besos, y desde ya, presiento que el rumor de tus palabras, me han de perturbar un tiempo. "Llévame contigo", te escucho decir, bajito. Ni te respondo ni quiero hacerlo; además, estoy a punto de vomitar.   (M.V.)

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