jueves, 25 de octubre de 2012

Relato: A la caza de una bruja


Autora: Haydith Vásquez Del Águila

Nació  en Tarapoto; pero actualmente radica en Lima. El presente relato ha sido extraído del libro "La niña de la lluvia", que pronto se estará presentando en esta ciudad. 

A veces es bueno sentir el dolor latiendo en tu pecho,
como el croar de una rana.

La vida es un ir y venir, siempre se llega al mismo lugar.

Cuando era niña me despojaron de la monarquía. Una bruja desalmada se llevó al príncipe papá. Veinte años después soy ella resucitada. En mí está el legado que dejó, tan pérfida, despiadada, que ya no me reconozco. Detrás de mis ojos almendrados, de mis muslos suplicantes de amor, se esconde en mi alma su alma y marcará la historia de una niña una vez más.

Si no soy yo pudo ser cualquiera, al fin y al cabo los príncipes ya no aman a las princesas; el amor es una flor muerta. ¡Vaya forma de tranquilizar mi conciencia!

Tan solo me pregunto si valdrá la pena cargar con la culpa.



La mirada perdida de la maestra delataba que en su ser se escondía una dulce congoja. Sentada en el aula vacía comía una manzana a la hora del recreo, mientras dentro de su cabeza se desataba una batalla entre su dolor y el bullicio de los niños corriendo por el patio.

El timbre ensordecedor cortó como un cuchillo los alegres aleteos de juegos y gritos. El patio del colegio enmudeció. De nuevo volver a la realidad.
El timbre volvió a sonar esta vez más fuerte, como hace veinte años atrás.


La pequeña Lucía lo escuchó, mientras cocinaba una sopa para su muñeca. Minu­tos después la voz de su madre se acrecentaba, hasta convertirse en grititos ahogados. Hablaba con una mujer. La niña se acercó despacio para escuchar lo que decían.

Recordó que el aire de la casa se había vuelto irrespirable hacía tiempo, y ella no sabia el porqué: solo que algo no estaba bien. Una sensación extraña, un dolor laten­te pero inexplicable, como si presintiera la proximidad de una catástrofe.

¿Esa bruja me está robando a Juan?, ¿me lo está quitando?, preguntaba su ma­dre con una mezcla de angustia e incredulidad. Luego estalló en sollozos. La extraña mujer consolaba a la plañidera; era obvio que había sido la mensajera de infortunios. ¿Pero quién era? El biombo la separaba de ellas, no las podía ver con claridad. Tuvo que contener la respiración para no delatarse, el estómago contraído, los pies juntitos, con las manos sobre el pecho agitado, en señal de alerta.

¡Una bruja!, exclamó la niña, tapándose la boca. ¡Pobre papá! A sus seis años aún creía en la navidad y en brujas con escobas voladoras. No fue muy alentador escuchar que una de esas malas de los cuentos se quería robar a su príncipe, a aquel apuesto hombre que solo existía para que ella fuera feliz.
El mundo cambió para siempre en ese instante, porque llegada la noche el prín­cipe no volvía. Fue ahí cuando Lucía comenzó a temblar de desesperación. Era cierto lo de la bruja, pensó, mientras la leche que bebió por obligación comenzaba a revol­vérsele en el estómago.

Se quedó junto a la ventana esperando que el príncipe apareciera, y este al fin llegó, más guapo que nunca. Corrió y lo abrazó por la cintura, gritando papá, papá, como si no lo hubiera visto en años. Luego comenzó un incesante interrogatorio: dónde estabas, con quién estabas, no vuelvas tarde papá, nunca más. El príncipe se reía con la cara cansada y abrumado por ese súbito arranque de desesperación de la niña.

Después de ese día, el recuerdo del príncipe se iba borrando de su memoria. Nunca volvió a ser tan nítido como aquella vez. La bruja se lo terminó llevando. Lucía la buscó durante mucho tiempo, sin conseguir encontrarla. Años después se enteró por su madre que era la misma mujer que se apareció esa tarde en su casa para con­tarle de una amante.


Así estaba la hermosa maestra de ojos tristes, recordando, como ida, perdida en el laberinto de sus cavilaciones. Cuando sintió lejana la presencia de alguien peque­ño que la llamaba.

"Señorita Lucía, Lucía, Lucíaaa", como un eco la voz. Y el contacto de una mano que le movía el hombro suavemente.

"¿Qué sucede, Mery?", dijo asustada. "Señorita, sé que es usted...". Los otros ni­ños ya entraban en estampida al aula. "¿De qué hablas?". "Señorita, yo los vi". "Lo vi con mi papá, usted no es mala, por favor no se robe a mi papito", suplicó la pequeña llorando.

La mujer abrió mucho los ojos cuando escuchó esto. Los niños del aula no se per­cataron de lo que pasaba. Tenía enfrente a la hija de su amante, con la cara marcada por un dolor muy temprano y los ojos arrasados en lágrimas. Sintió un nudo en la garganta. Nada en el mundo valía la pena como para cargar con esa culpa.

Y aunque de niña nunca encontró a la bruja que buscaba, se sintió aliviada y reivindicada porque después de tantos años la bruja reencarnada en ella había sido descubierta. La cacería había llegado a su fin, rompiéndose para siempre dentro de su corazón las maldiciones de bellas y malvadas brujas e inocentes príncipes papás.//


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