jueves, 25 de octubre de 2012

Relatos: Réquiem por un amigo



Autor: Carlos Tafur Ruíz

Día a día, por varios años, cuando andaba y desandaba por uno de los jirones del barrio Partido Alto de Tarapoto, al pasar frente a una huerta, él estaba allí, con su cuerpo un tanto delgado, pero ligera y graciosamente torcido, quizás por los embates de la vida y el tiempo. Durante todos esos años le vi crecer y crecer como desafiando al cielo. Recorrí más de una vez otros jirones del mismo barrio en mi afán de encontrar otro hermano suyo. Pero me vi resignado a aceptar que ya no quedaban más. Me convencí de que mi amigo cocotero gigante era el único que existía hasta esos días.

Lo que sí vi fue que una tras otra se levantaban torres metálicas, frías y artificiales muestras de "progreso", tratando de opacar, minimizar, o tal vez eliminar a mi amigo, no obstante que fue él, sus hermanos mayores, padres y abuelos quienes motivaron para que Tarapoto fuera calificada como "La ciudad de las palmeras". Con esas torres el viento ya no puede jugar como lo hacía con él, unas veces bruscamente y otras con leves caricias, casi susurrando. Y es que cocotero y viento ―masculinos gramaticales al fin― se entendían muy bien.

Pero un día, en mi diario transitar, noté que él empezaba a morir. Primero fueron las awiwas, quienes con ferocidad atacaron sus hojas, las que se tornaron amarillentas, con palidez de muerte. A partir de entonces, cada vez que lo miraba, veía impotente cómo mi amigo cocotero, con quien había trabado una silenciosa amistad desde que me afinqué en Partido Alto iba agonizando y perdiendo su majestuosidad.

Hasta que hace un par de años, cuando al pasar por el lugar donde siempre me paraba a contemplarle, con tristeza vi que de él quedaba apenas un muñón, muerto ya, pero seguía en pie.

¡Qué pena, mi añorado cocotero gigante, el último de tu familia en Partido Alto, y quizás en Tarapoto, que hayas muerto! Pero me enorgullece el hecho de haber visto que continuaste de pie hasta tu total desaparición.

Es que este amigo gigante no murió por sí mismo: terminó asesinado por la modernidad.

  

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