jueves, 25 de octubre de 2012

Utopías y desvaríos (4)



Había una vez, un extraño personaje que se jactaba de ser  pulcro, excéntrico y hasta multifacético. Odiaba muchas cosas, según los comentarios del vulgo: por ejemplo, llegar tarde, ser fotografiado, caminar despacio...

Aunque todo era pose, llegó a calar en un público bastante numeroso, a tal punto de que llegaron a dedicarle homenajes, loas, reconocimientos, reseñas, etc. Y desde entonces caminaba erguido de gracia, muy sabiondo de todo lo que acontecía en el mundo, porque eso sí, debido a su fama, por nada debía estar desactualizado. 

Sucedió que un día, se adentró en su especializado trajinar intelectual, y se abrió a la trascendencia con supremo beneplácito, elegante y a paso seguro, como un titán, o tan melodioso y cautivador, tal si fuera el más grande compositor e intérprete de la historia humana. Su obra, sin duda, por lo menos para quienes estuvieron enterados, y en palabras de los intelectuales más consagrados del medio, significó "la genialidad luminaria de los mortales comunes" y "una composición armónica de perfección celestial". 

Pero no todos estuvieron convencidos de los atributos de este "huraño" personaje: se supo de un crítico de apariencia horrorosa e inculto, que no alabó su genialidad, ni tampoco estuvo de acuerdo con lo que decían de él; es más, este tipejo impuro y malsano, se dejó llevar por las apariencias. Y lo que hubo estructurado en su percepción, se reflejó en su inconformidad, primero con el "genio" que todos alababan, a quien consideró desde siempre, hasta después que llegó a conocerle bien, sumamente vulnerable, propenso a la indignación, emotivo, capaz de verter frases muy duras y de resentimiento contra quienes se atrevían a fallarle. Desde luego, nunca imaginó que este, pese a sentir un odio evidente contra uno de sus semejantes, al que incluso, según sus innumerables reiteraciones, le había dado casa y comida, y pese a haber regado insultos y agravios en su contra, arguyendo que lo detestaba, terminara invitándole al mismo, a sentarse en su gloria, cerca de su regazo. Le pareció una gran canallada esta actitud, por eso este criticastro, en vez de encontrar genialidad, únicamente avizoró deslealtad y falta de principios. 

Sobre sus críticos benefactores, a su vez, este ruin y enajenado conocedor de la grandeza, opinó que, uno de ellos, el que tenía mote de roedor, era un gran compositor de loas, tan lujurioso en sus apreciaciones y lascivo al extremo, de propensión al gusto por los hombres grandes. Del otro, en cambio, pensó que sus analogías eran de lo más patéticas, tan poco creativas y desligadas de criterio; pero a este prefirió no escucharlo, para qué, si su intervención en el inicio fue ilegal, sin códigos de reserva ni garantías, igual que en los otros trabajos mediocres en los que antaño contribuyó. Si así empezó, con aires de divo y sabio, siendo en realidad un completo ignorante, para qué iba a escucharlo. Además, lo vio siempre desnutrido en extremo, algo contaminado, ¡por eso mejor ni se le acercó!

Resultó que al final, en un tiempo no lejano, el bien predominó sobre la maldad, y el genio siguió siéndolo;  el malo de esta historia, por su parte, continuó su camino, hasta dar con el precipicio. Fin.     

(M.V.) 

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