jueves, 25 de octubre de 2012

Utopías y desvaríos (6)



Mi sueño, lo admito, es adentrarme en una caverna espeluznante, adornada con alguna vertiente que la mantenga siempre húmeda, inaccesible. 

Que esta mi caverna, sea del espesor de mi resbaloso cuerpo, y que cada vez que la lujuria me endurezca, siempre se mantenga caliente, únicamente para mí: de ser así, de forma continua, he de estar entrando y saliendo a toda hora.

La quiero llena de monte, ennegrecida por la humedad y el chapoteo de mi aventajado tamaño, a disposición perpetua; pero no quiero sentarme cerca de ella las veinticuatro horas, no, solo los minutos y las veces que me interese buscar su profundidad.  

Pese a que me he sumergido en muchas cavernas, algunas delimitadas con extremo cuidado, otras de poca o mucha vigencia, oscuras, blancas, profundas, angostas, anchas..., ninguna llegó a parecerse a la de mi sueño dorado. Quizás no, porque de pronto estas se dejaron influir por el entorno, el mismo que de a pocos se iba haciendo parte no solo de su existencia, sino también de la mía, y nos obligaba a mostrarnos ante su presencia, bajo ciertas situaciones estacionales. Entonces, al menos para mí, nada era saludable, por eso me volvía flácido, sin fuerza y cansino: francamente, en épocas así, nada me motivaba.      

Me gusta lo tétrico, además, de ahí el deseo de adentrarme en una caverna superpoblada, al natural; de no estar en una así, mi estado y forma animalezca se degenera, pasa a ser una masa corpórea deforme y arrugada, con tendencia al suicidio... Bueno, exagero, quizás alguna vez intenté matarme, o más bien desprenderme de la superficie en la que radico, en vano, porque cualquier intersticio es bueno en momentos así, hasta el vacío que se forma al juntar las manos.

Será difícil encontrar mi liberación o mi refugio perfecto, estoy seguro. Lo pienso, porque no sé cómo, hace unos días llegué a un lugar de luces coloridas, entre amarillas y anaranjadas, tenues, cálidas; fue entonces que, mientras recorría el espacio, vi muchas cavernas de mi gusto. Era como un paraíso, dotado de perfección y a mi alcance. Ahí me iba a quedar, sumergiéndome en una y otra profundidad hostil, pero, justo cuando salía de una de esos espeluznantes rincones, vi a otros como yo, a muchos, ir en pos de la satisfacción que acababa de tener. Y los muy cabrones, tal como yo, iban de lado en lado, con tanta o más dicha que yo. 

Lo bueno de todo es que se me reconoce como un ser libertador. Y es que, aun con las miles de cárceles que obstruyen mi emancipación, no me siento ese reo del tiempo y de los deseos que siempre fui. Ya no, ahora me comporto de acuerdo a mis gustos, a mis instintos y a mi lado eternamente animal.

Soy como debió ser el hombre que nunca existió: endeble y mimetizado ante el peligro, y duro como una roca ante la angustiosa vida que todo lo traga, sin piedad. Soy el explorador que más bien se pasea desconfiado y no se abalanza contra su presa mientras no la encuentre al alcance, saludable y limpia. 

 Me he de ir por el mundo vomitando versos blancos de placer; blancos, porque la vida pura es de ese color, y yo soy un creador nato, un hacedor, uno que se levanta para ver el horizonte y recorrerlo, a paso precipitado. Me siento un misterioso ser que va a elucubrar placer en las rendijas de la tierra, en los intermedios de las cordilleras y hasta en los orificios de donde se supone salen las palabras. 

(M.V.)

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