miércoles, 12 de diciembre de 2012

Relato: Quejas y lamentos


Autor: Ricardo Quevedo Ramírez
Lamas, 1962. Publicó "Crónica literaria", folletos, los años 86,87, para solventar sus estudios. Actualmente escribe "Sin utopías", los miércoles, en el diario Voces. Inédito: "Grito de un feto literario al verse en libertad".


Cierto día un desventurado poblador macedino, aprestábase a realizar su habitual cacería a unos 500 metros distante del pueblo. Eran aproximadamente las 6 de la tarde, cuando partió a la enmarañada montaña en busca de alimentos como siempre lo hacía para alimentar a su pobre familia.

Luego de chimbar el río con todos los recursos que había de utilizar en la noche, se dirigió por el lado izquierdo de un estrecho camino. Había transcurrido ya regular tiempo. El ocaso del sol parecía ya llegar, la misma noche con sus negras y oscuras sombras más tarde llegó.

El montaraz en el lugar de espera a su víctima, prepara toda su armadura. Se ajusta el cinturón de su viejo pantalón y los pasadores de su rústico botín. Acuclíllase lentamente, agarrando forzudamente su vengativa arma que apuntaba sereno y concentrado, esperando que el animal pase por el camino bloqueado. En esta posición estaba largo rato, mas no había cuándo el animal llegue a pasar.

El cazador por momentos se aburría, por momentos se cansaba. El sueño por momentos le llegaba y los miles de zancudos le atormentaban. Para paliar esto, prende su cigarro mapacho que con excesivo humo no sólo logra ahuyentar el sueño, sino también a los sanguinarios zancudos que molestaban su posición concentrada y estática.

De repente escucha pequeños y suaves  ruidos, cual hociqueo de un cerdo que se acerca a él. Como era lógico, de tanto esperar, en estos momentos estaba desprevenido. Entonces coge nuevamente su arma, se acomoda cautelosamente para disparar. Observa el blanco sigilosamente, luego apunta y, ¡Pum! Era un enorme sajino que acababa de caer como primera víctima. La espesa montaña de aquella noche solitaria tragó el sonido de aquel fuerte disparo, dejando un sonido profundo de eco indeterminado que se escuchaba muy adentro de la montaña: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pu! ¡Pu! ¡Pi!

Después de esta matanza que el cazador pensó haber realizado, se dirige muy alegremente con su costal vacío a encostalar al sajino como su primera víctima. Grande fue su sorpresa al no encontrar nada, ni las huellas, peor la sangre del supuesto caído animal. No había nada. El cazador preocupado por esto, busca alocadamente entre los matorrales del inmenso bosque, mientras el sajino como si le estaría jugando las escondidas al atribulado cazador, se deja ver al frente de éste sin ninguna herida. Esto le causa asombro y cólera al montaraz y le apunta nuevamente con furiosa certeza de que esta vez no le escapa. Toca el gatillo y, ¡Pum! ―Ya está carajo ―reacciona el montaraz, quedando otra vez el eco profundo y sonoro en la oscura y selvática montaña: ¡Pum!  ¡Pum! ¡Pu! ¡Pu!  ¡Pi!

El sajino seguía burlándose de la desventura del cazador. El animal buscándole jugar una trampa psicológica, corre supuestamente herido y ensangrentado. El montaraz, a su vez emprende feroz persecución por la peligrosa zarza del bosque, tratando de alcanzar al animal y darle su merecido. Lo hace sin ninguna retrocarga, solamente su potente linterna le acompaña dándole claridad en el camino por donde corría. 

La vida del cazador peligraba. Bien podía caerse en una filuda estaca; bien perderse en la misma maraña del bosque;  bien clavarle una serpiente su venenosa lanceta. Una de estas tres, o todas juntas o algo más grave podría ocurrirle a nuestro personaje.

Esta vez, el pendenciero sajino, parecía reírse sarcásticamente ante el fracaso del cazador que a pesar de todo, no retrocede ni menos se acobarda. Al contrario, renueva su loca y aventurera carrera, abriéndose camino en el misterioso bosque, esta vez, desenvainando su sable y blandiéndolo coléricamente.

La luz de su potente linterna le indica que el burlador estaba ya agotado y acorralado. Claramente le ve que entra en un vacío como una especie de túnel. 

En un segundo, el montaraz estaba al borde del túnel. Llega cansado, se detiene. Mira por todos los alrededores. Se desespera. Por fin, se inclina y enfoca: el túnel estaba vacío. Sus ojos ven cosas extrañas que le fascinan, cautivándole introducirse inmediatamente.

Todo lo que le pareció atrevido y seductor, una vez adentro, desapareció este ficticio encanto. Muecas burlonas por doquier; griteríos de niños, jóvenes, adultos y ancianos, pidiendo una mano salvadora para que se acercara a ellos; lamentos y desesperados golpes de pecho, fue el panorama que observó y escuchó el desventurado cazador, que hacía modos para escaparse de aquel túnel sin salida, sin conseguir su objetivo hasta el día de hoy.
 Esto constituye un caso doloroso en el pueblo, y un enigma que queda sin resolver.//

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