miércoles, 5 de diciembre de 2012


Autor: Manuel Nieves Pinchi
Nació  en Tarapoto. Poeta y narrador, miembro fundador del Centro Cultural Selva Rimay. Pronto estará publicando su primer trabajo, para deleite de los lectores.

--------------------------------------------------

Estaba frente a mi casa, en el hombro tenía un ave, en la cabeza un sombrero negro y en la mano izquierda un silbato que brillaba como el oro. La mañana estaba tibia, un viento que anunciaba navidad arrastraba hojas secas del viejo cedro que nos regalaba su sombra. 

A primera (ni a ninguna) vista no lo conocí, pensé que era un hombre de esos a los que la vida o quién sabe Dios, los puso ahí para demostrar que las excepciones a las reglas existen. 

Pasaron dos días y mientras leía un libro de cuyo nombre ni autor quiero acordarme, (vale ser preciso que la historia vino encapuchada mediante una buena tapa y un nombre espectacular, tiempo después me enteré a través del internet que el autor había sido devorado por las serpientes que él mismo criaba en su casa), el grito de mi vecina me heló la sangre, su hijo de apenas tres años había muerto de una manera extraña; donde yacía el pequeño cadáver, se encontraron varias plumas negras con motitas doradas. 

El sol, inclemente y jodido, golpea fuertemente en mi oficina y desde ahí, mi cueva donde concibo alguna azarosa idea para convertirla en cuento, fui testigo de los funerales del niño. Dice su madre que, en sus últimos días el bebe decía jugar con un ave que le hacía caricias alrededor de los ojos. 

Seguía leyendo el libro, marcando las frases más importantes, del autor no sabía mucho, de la historia había poco que hablar, sin embargo, en la página 480, el autor describió un personaje parecido al que vi frente a mi casa. Lejos de esa coincidencia, no pasaba nada de extraño en mi vida. En verano, las horas vespertinas llegan tarde, es como si el sol se impusiera en el firmamento y no quisiera irse nunca. 

Karen, la amable vecina del seis B, contaba con naturalidad los mitos y leyendas de su tierra, ella era de Piura y por esos azares del destino, vino a Tarapoto a servir a una familia, compadres de su mamá, se quedó algo así como ida, cuando por boca de la abuela, cuya madre que había perdido al bebe, se enteró que guardaba las plumas negras con motitas doradas; "es el recoge pasos" dijo en voz baja y se metió rauda a casa. 

Al poco tiempo, una muerte más en la residencial, el guardián pereció inexplicablemente, la Fiscal al levantar el cuerpo, constató que en el lugar había esparcidas docenas de plumas negras con las mismas características anteriores; lo que hizo que la leyenda tuviera forma. Pasó el tiempo, y nadie más murió, la gente tibia o quizá helada, prefería no hablar del tema. 

La vida y la muerte están ligadas siempre, aún así nos atemoriza, nos aterra la idea,  la tratamos de desterrar de nuestra mente; pienso que hay que tener mucho cuidado para sobrellevar la ausencia material de alguien, no hay forma de atar a las personas a este mundo, ni a sus ideas, ni a su trascendencia. 

Es 25 de octubre, hace un calor insoportable, trato de ver a mi conejo, de alimentarlo; resulta que, desde el segundo piso de mi casa lo veo, corre de un lado para otro, me fijo más, agudizo mi vista y veo docenas de plumas negras en la huerta, mezclándose con la hierba que está crecida y descuidada. Me viene a la mente el recuerdo de la muerte, mi sangre se congela y siento mareos. Salgo de esa habitación, bajo a ver de cerca las plumas, sí, tienen las motas doradas. Entro a mi sala, abro las ventanas y veo la fugaz sombra de aquel desconocido del sombrero negro, que se va, mirándome sin mirar, riendo sin reír.//

0 comentarios:

Publicar un comentario