lunes, 24 de diciembre de 2012

Utopías y desvaríos (14)



La navidad y año nuevo más felices de mi encabritada existencia, se remonta al último año de educación primaria. Llegaba ese fin de clases tan esperado, y yo, deseoso de largarme de esa escuela, apuraba el calendario con mi pensamiento, como si fuera un dios; pero el tiempo no pasó rápido, más bien se detuvo en los hostigamientos de siempre y hasta me adormeció las posaderas de tanto imaginarlo liviano.

Once años de vida, mi cuerpo flácido, delgado; a los otros, en cambio, los veía grandes, impermeables al maltrato, tan adaptados a ese mundo hostil de verdugos y débiles. Por supuesto que nunca me tocó ser el malo: por lo menos en esa época, siempre fui el reprimido, al que todos aplastaban con insultos y golpes.

A quien más odiaba y quería arruinarle las extremidades, o la cabeza, era al profesor. ¡Qué lindo hubiera sido dejarlo inválido! Hasta ahora, cada vez que lo veo, tengo esos sentimientos, la verdad; pero no, me da pereza y asco.

Cuando terminé la primaria, lejos de todo lo asqueroso que me resultó, de todas formas obtuve una gran enseñanza.

Aprendí algunas cosas:

A no subestimar a los que parecen débiles, la vez que intenté hacer de verdugo con un muchacho más pequeño y terminé en el suelo, abatido por una brutal golpiza.

A tener constancia en mis propósitos, pese a lo difícil que resulta a veces el camino.

A ser esclavo de la justicia, y darle el lugar que se merece a quien se lo merezca, sin privilegios. Me va a ser difícil olvidar el día en que un profesor encargado entró al aula y empezó a dictarnos palabras en la pizarra.

Mi palabra fue “Alcohol”; pero este viejo imbécil, que ya murió (por lo menos para mí), al ver que estaba bien escrita, no creyó en mi capacidad. Me dijo “¡te han soplado!”, y me dio dos cocachos en represalia. Hasta ahora imagino el dolor de la vergüenza y la injusticia.

A ser un gran onanista, porque la timidez me mataba de a pocos: hasta hoy ando zombi.

Pero la lección que me marcó en ese último año de educación primaria, fue, en absoluto, la que aprendí por mí mismo: la sobrevivencia. Pasé con éxito esa etapa, invicto, vivo... Ahora pienso: “por lo menos no he vivido arrastrado, sujeto a la disposición de quienes más tienen. No he estado aguardando el vapor de algún culo poderoso, solo por ser alguien y que me reconozcan. Nunca”. Recuerdo ese año, que ni me interesó el viaje de promoción, ni la fiesta de clausura, ni el hedor de la escuela.

Francamente, ahora que voy terminando esta remembranza, ni recuerdo bien la navidad y año nuevo de ese entonces. Debió de ser un suceso irrelevante para mí, igual que siempre, solo que, por puro énfasis, imagino que fue festivo.

(M.V.)

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