miércoles, 5 de diciembre de 2012

Utopías y desvaríos (7)



Hace algunas décadas, estuve rondando un lugar al que no iba desde hace milenios. Para sorpresa mía, no lo encontré nada diferente; al contrario, el orden reverenciaba el pasado con marcada exactitud. Ahí estaban los mares, el cielo, la arena...

Me sorprendí un poco, no sé por qué, tal vez por el desvelo, o por gusto, para tener algo en qué ocuparme. Pero yo sabía que estos humanos algo se traían entre sí, no era posible tanta tranquilidad, algo debían de estar planeando.

Dubitativo, me propuse indagar un poco más, solo unos segundos. Con mis manos, que pueden ser enormes recipientes o simples vainas, tomé una provisión de agua, para examinarla con detenimiento. ¡La encontré sucia! Todo el lugar (agua, arena, cielo), estaba sucio, abarrotado de basura o gases tóxicos.

Ni me afectó, lo admito; por lo menos he visto peores cosas. Lo que debí hacer en adelante, es decir, irme, ya no lo hice. Me he quedado en este planeta desde entonces, siempre viajando por todos los confines, vagabundo. Con este cuerpo de mierda que tengo, maltrecho, arrugado, viejo, nadie me reconoce realmente, ni quienes dicen saber mucho de mi, ni los que se jactan de romper los esquemas amparados en la ciencia.

Al principio pensaba que los humanos estarían por ahí, en grupos minúsculos, o extintos. Me equivoqué: los hubo en montones todo el tiempo, como hoy, ni más ni menos. La primera vez me costó reconocerlos: a diferencia mía, que soy tan grande e impalpable, ellos son insignificantes.

Un día que estaba deambulando por la atmósfera, descubrí un lugar habitado, ¡qué gracioso!, habían espacios que parecían cavernas, donde por las noches los humanos se protegían de la oscuridad, las bestias y el frío. Pese a lo peculiar de las formas de refugio que poseían estos, parecían organizados. Habían variados huertos, animales en los corrales, caminos...

Me detuve a mirarlos un tiempo, antes de aproximarme más. De solo verlos, me cagué de la risa, qué divertidos. Eran tan jodidamente suicidas, que me dije, “debo acercarme, para ayudarlos a morir”.

Hoy que no termino de conocerlos, ya puedo definir lo que realmente son: “Criaturas disolutas y manipulables, carentes de sentido común. El macho de esta especie, es un ser propenso a cualquier tipo de alucinación, enfrentamiento, placer carnal, embriaguez u otro exceso parecido. La hembra, a su vez, de inigualable contextura, frágil, contorneada, tiene una conducta bastante recatada e inusual; pero sus pasos suelen ser ocultos, inadvertidos, siempre orientados o a lo superfluo o a la búsqueda del placer”. Qué criaturas tan pendejas, y yo, iluso, las estuve subestimando durante algún tiempo.

Cuando finalmente, no sé cómo,  tomé posesión de este cuerpo, y conforme fui conociendo los espacios habitables, ya no me pareció divertida la conducta de estos seres. No es como mirarlo todo de arriba: abajo envejeces, te quemas con el sol, te duelen las heridas... estoy viejo, no lo puedo negar.  

Estos miserables, a pesar de mi avanzada edad y de lo débil que soy, no son nada solidarios. Si me ven acercarme a ellos, me insultan, hasta algunos me mean. “Vagabundo de mierda, come caca”, me dicen, sin imaginar que he venido para destruirlos.

Son unos ilusos. Yo los arrinconaré junto a la basura que han tirado a la superficie de su mundo, serán parte del aire contaminado que respiran.

¡Ya no me divierten estas mierdas!, no mientras siga teniéndolos cerca; pero ya no sé cómo hacer para volver a mi estado anterior, este cuerpo es tan mío ahora, que parece seguirá siéndolo por siempre.

Se supone que yo los he creado, hace mucho; pero no recuerdo, me traiciona mi memoria. Debí de haber estado loco para crear unas criaturas así, o es que aún lo estoy y nunca lo supe. De lo que sí estoy seguro, es que si permanezco más tiempo en este mundo contaminado, voy a desaparecer de una vez, de una forma estúpida, por habérmelas dado de curioso y por creer que los humanos eran divertidos.

¡Qué hambre tengo! Ojalá encuentre algo en la basura.

(M.V.)

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