miércoles, 27 de febrero de 2013

Opinion: cuentos orales y creación


Los cuentos orales y la influencia en la creación literaria de García Márquez

García Márquez ha confesado que la partera Caraqueña Juana de Freites, que le vio nacer y posteriormente la primera persona  que le narró los cuentos infantiles de siempre, le contaba los cuentos de Caperucita Roja, actualizándolos a su manera. En el salón de su casa de puertas corredizas, que era una prolongación de la casa de donde estaba el comisariato de la United Fruit Company, la hermosa y gorda anciana blanca, se sentaba todas las tarde en su mecedor de bejucos a contarles a los niños de Aracataca, la conmovedora historia de Caperucita Roja, que había sido devorada en Caracas por un lobo llamado Juan Vicente (presidente dictador) el Feroz, o la fascinante historia de Cenicienta, que había perdido su zapato de cristal en una fiesta de gala en el paraíso de Aracataca, o la regocijante historia de la Bella  Durmiente, que esperaba a su príncipe despertador a la sombra de los Caobos de Caracas."  Todos los cuentos clásicos que se narraban, tenían esa novedad, sucedían en la ciudad que los niños conocían o en la añorada ciudad de la anciana, usando el lenguaje propio del lugar. 

A parte de la anciana partera, quien contaba otras historias más fantásticas era su abuela materna doña Tranquilina Iguarán,  le contaba historias sobre los muertos como si estuvieran vivos y andando por las habitaciones de la casa. Lo hacia sentar en una silla y le decía "no te muevas de aquí, por que si te mueves va avenir la tía Petra, que está en su cuarto, o el tío Lázaro, que está en el suyo." Y dicen que el niño Gabito se quedaba inmóvil, respirando al compás de los espíritus endémicos, del jazminero y los grillos del patio, hasta que lo llevaban  a la cama, en el cuarto de los santos, donde se ampliaba en sus sueños y profundizaba  el mundo fantasmagórico de la abuela, de tal manera que la zozobra no concluía si no hasta el amanecer, cuando el canto de los gallos y los primeros brotes del alba entraban por las rendijas  y derrotaban a los espíritus de la abuela.  En definitiva una abuela muy imaginativa, estaba todo el día contándole y delirando junto al niño con esas historias, mientras que el nieto no paraba de exigir y preguntar. "¿Quién era Mambrú y a que guerra se fue?" Y ella que no tenia la menor idea, pero hervía de imaginación, le contestaba impávida: "Fue un señor que luchó con tu abuelo en la guerra de los mil días".   

Mientras el abuelo siempre estaba preocupado por mostrarle y contarles cosas. Le hizo conocer jalado de la mano el pueblo, el mundo exterior, la historia con minúsculas y mayúsculas,  los hombres de carne y hueso, conocer los animales que solo había visto en los libros de cómics  y textos escolares. Lo llevaría a conocer el hielo en el lugar in situ,  unos pargos duros como piedras donde los pecados estaban congelados, y el preguntaba que era congelados, "es el hielo" decía el abuelo, y ¿qué es hielo? Preguntaba el nieto, entonces lo agarró  de la mano y lo llevó donde estaba esas cosas congeladas, unas formas cuadradas, transparentes y frías, mientras no lo viera con sus propios ojos y tocara con las manos, no lo dejaría en paz al viejo abuelo, imagen que lo marcarían para siempre al nobel colombiano, que lo reproduciría en Cien años de soledad. Según el biógrafo, se sabe que el escritor, hasta los ochos años lo conocía casi todo,  y ni siquiera había aprendido a leer a esa edad, y cuando a prendió a leer, fue para descubrir y prolongar lo que ya había visto y oído sobre la vida, las personas, los animales y las cosas. Por eso creemos que los maestros y maestras deben procurar ser excelentes contadores o narradores de historias, partiendo de la realidad que los circunda a los niños. Promover que los padres lo hagan también. 

(Teodomiro Chinguel Santos)

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