miércoles, 27 de febrero de 2013

Utopías y desvaríos (15)



Voy a tratar de valeme de mucho entusiasmo, cinismo y valentía, para soportar a tanto mediocre en estos días de fiesta de fin de año. A quienes les encuentre y me sea inevitable no hablarles, les abordaré con una falsa sonrisa, y antes de que me feliciten y deseen buenas nuevas, les hablaré de lo bonito que sería celebrar juntos la despedida de fin de año, con harta cerveza y mucha grasa. Les diré que frecuentemos los mejores lugares, y que me permitieran ser quien invite. Nada más. Enseguida iré pensando en alguna forma de tortura, o no, mejor iré imaginando sus traseros alineados en fila, dispuestos a recibir la pateadura que se merecen, por estúpidos.

A mis allegados y amigos, les haré saber que he muerto, no por parecer trágico, ni hacerme notar, simplemente para demostrarme a mí mismo que cada quien anda absorto en sus cosas y por tanto, poca importancia tiene el resto. Seguro estoy que nadie tomaría en cuenta mi deceso, a lo mucho, “murió este pendejo, pero iremos a ver a su madre todavía después de año nuevo...”, dirían, para mi bien.

A quienes les interesa el perdón de alguna divinidad, seguro van a pretender arrepentirse de sus malos actos vividos en todo el año. Entonces irán a sus centros de oración, clamarán perdón, y cuando sus rodillas terminen adormecidas, y sus ojos y rostros humedecidos de lágrimas, ya podrán regresar a casa, donde les esperará una riquísima y fastuosa cena, compuesta de cerdo, pavo, vino, panetón, y las uvas, para la buena suerte, y la ropa nueva, y las cávalas... Mientras tanto, en otros lugares de esta ciudad endemoniada y ruidosa, al tiempo que unos se van preparando para ir a bailar y tomar de amanecida, otros sucumben penosa agonía, miseria y oscuridad: a estos, el nuevo año terminará por extinguirlos de la faz terrestre.

A otros quienes envían mensajes de amistad y prosperidad, vía facebook o e-mail, esperando que se les cumpla sus deseos según el número de destinatarios (a mayor cantidad de envíos, más probabilidad), a ellos, les invoco a que vayan a una librería y preferible, ya que fijo estos (as) enfermitos (as) no pretenden estudiar o lo están haciendo por pura presión, se pongan a leer a Dale Carnegie o Wayne W. Dyer; aunque sea que lean esta basura antes de tanta estulticia.

Finalmente, la aberración más grande que he notado, está en algunos personajes, que con el ánimo de hacerse notar, organizan celebraciones para los que menos tienen. Es muy común ver a los políticos, autoridades ediles y empresarios, en afán “altruista”, solo para que después salgan en los diarios. ¡Qué tales hijos de p...” Si de verdad quisieran ayudar, no tendrían por qué hacer tanto alarde. Realmente la actitud de estos infelices, me deprime de manera brutal. Ya me cansé. Ahora mismo iré a comprarme pastillas para dormir.
(M.V.)

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