domingo, 10 de marzo de 2013

Utopías y desvaríos (16)



Uno. Por tratar de enviar una encomienda a una provincia cercana, me apresuré este mediodía, con lluvia y todo, por las calles inundadas de esta sucia ciudad. Se suponía que me estarían esperando, por eso el apuro; pero cuando llegué, tras evadir el agua que de todos modos me mojó, los semáforos que siempre estaban en rojo y los otros vehículos que venían del otro lado a toda velocidad y casi invisibles (el mío iba a más de cien por hora), la persona que debía estar esperándome, ya no estaba: se había marchado.

Entonces dije: “debo ser, o cojudo o muy buen amigo, para arriesgar mi vida subiéndome a un vehículo que por poco avanza suspendido en el aire, haciendo que me moje la ropa, que los riesgos de enfermarme con una gripe o neumonía me perjudiquen la existencia, y que al final no encuentre a nadie y tenga que pagar de todos modos el envío, además del transporte”. Sea lo que soy, los amigos, aunque jodan.

Dos. Ven, recuérdame que estás cerca, igual que ayer.

Tres. Me enteré que mientras dormía, un hombrecito de lo más gracioso, que vive cerca de este hotel donde ahora me encuentro y a quien conozco desde hace mucho, se tomó la molestia de instalar, en su patio, un enorme equipo de sonido. Parecía una hormiguita el jijuna, me dijeron, carga que carga, prueba que prueba. Después se puso a ordenar algunas sillas y mesas, hasta que al final, a duras penas, transportó un enorme congelador lleno de cerveza, al centro, donde todos pudieran ver.

Conforme la tarde fue transcurriendo, el bullicio de las personas que llegaban a la casa de aquel hombre, que por cierto anda muy panzoncito, en nada se comparaba con el horripilante fondo musical. Yo seguía durmiendo, soñando que unas mujeres ociosas hacían su agosto en una esquina, hasta que, de pronto, ocurrió lo peor. Hasta aquí, aclaro, la música me pareció venida del submundo, donde existe una dimensión mocosa; sin embargo, en la realidad ni me imaginaba lo que afuera venía dándose.

Lo peor, entonces, fue que me cagué de susto. No digo que tuve un gran susto, no, defequé de veras, mientras dormía. Es que vi al panzoncito en mis sueños, sacando las fichas del juego. “B unoooo, G cincuenticuatroooo”, decía el marica, complacido de su función. Y dije: “mierda, qué susto, estoy soñando un uniformado”. ¡Y me cagué! ¡La mismísima fortuna me fue enviada adversa, ahí mismo y en adelante, el resto del día, en cuanto vi al pendejo!

Cuatro. Un día de estos va a llover muchísimo, día y noche. Nada bueno resultará eso para los antritos de esta ciudad, porque se van a inundar con gente y todo, y van a desaparecer de la faz terrestre. Sucederá no porque se me antoja decirlo: está escrito y es histórico. Cuando llegue ese día, la naturaleza, ciertamente, estará desechando lo malo de sus entrañas, con razón y justicia.

Será pronto, por eso, invoco a los propietarios de estos lugares, hombres bondadosos que sacian la lujuria y las ansias de tanto borracho que hay en esta ciudad, a deshacerse de estas edificaciones y mandarse mudar a otro planeta, donde encontrarán, sin pierde, un mercado intacto de alienígenas a quienes corromper.

Cinco. Las preguntas y respuestas que has encontrado en mis alucinaciones, han surgido del ultramundo. ¡No las recuerdes!

Seis. Adivinanzas: 1. ¿Qué es una noche oscura, lluviosa, azotada por turbiones, que trascurre bajo un inclemente y desdichado cielo infinito, detrás de una luna patética que no responde al llamado de su negrura? 2. ¿Qué representa el suelo mojado de lágrimas y qué el aire agobiado de ira, tristeza, venganza y agonía? 3. ¿Cuál es el significado del desorden que se origina cuando la paz, aplastada por la razón o sinrazón, se encamina en pos de una divergencia que marca el inicio o el final? 4. Se trata de un objeto alargado en forma cónica, que varía de 20 a 30 cm de largo y hasta 8 cm de diámetro, que usan las mujeres para darse placer durante las noches. ¿Qué será? Favor enviar las respuestas al e-mail.

(M.V.)

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