domingo, 10 de marzo de 2013

Utopías y desvaríos (18)



Cuentan que en el maravilloso mundo de la realidad, allá donde habitan las aves más extrañas, entre una pequeña quebrada y al límite de una ciudad bastante ruidosa, vivía un pequeño pajarito. A diferencia de las aves vistosas, cuyos colores son intensos, esta era incolora; de su cuerpo, no obstante, aun siendo casi microscópico, resaltaba su cabeza, tan parecida a la de un lindo ratoncito. Pero a él no le gustaba, para nada, a veces incluso se sentía un miserable murciélago, o una rata inmunda. Entonces se ponía a llorar y maldecir su suerte.

Algunos pájaros grandes, por pura maldad, querían violarlo. Innumerables veces huyó de ellos, sobre todo de un pájaro rojo, gordo y comunista, que le tenía un hambre. Un día, cansado de huir de este, decidió resignarse. Levantó la colita, hundió el pico en el suelo, pero de repente…, “¡qué asco!”, escuchó piar a su acosador. Ahí fue que comprendió que tenía un don: apestaba.

Aunque al inicio fue triste su vida, pues sus alitas parecían estar siempre untadas de mierda, lo que le valía gran dificultad para el vuelo, ahora que su don le acababa de salvar la vida, en adelante anduvo orgulloso de su hediondez.

No se supo desde cuándo ni qué día, este pajarito salió de su nido para dirigirse a donde estaban los demás pájaros. Quizás fue luego de volar sobre las montañas, el río y los descampados. Volar, pese a las dificultades, siempre ha sido motivador para un pájaro. Lo fue para este. Enseguida debió regresar inspirado, seguro de sí mismo, dispuesto a conquistar el mundo.

Dicen que lo vieron llegar poseído. “¡Miren!, ¡arriba en el cielo!”, decía el público, desde las ramas de los árboles. “¡Es una mariposa!”, “¡No, una shicapa!”… Las demás aves aguardaban atentas la llegada de este nuevo visitante, que ni bien planeó su entrada, se desplomó sobre un montículo de hojas. De pronto, “¡soy un águila!, ¡soy un águila!”, sorprendió en cuanto pudo incorporarse. Desde el momento en que lo dijo, unos tras otros, los pájaros empezaron a caer al suelo, desequilibrados por el acceso de risa que les provocó ese cacareo apenas perceptible. El pajarito, entonces, aprovechó para dirigirles su mensaje: los iba a gobernar, de todas maneras.

Y lo hizo, por un golpe de suerte llegó al poder. En realidad, le dejaron el camino despejado porque no podían tenerlo cerca, “debido al don que decía poseer”, dijeron los entendidos.

Así sucedió con este pajarito. En la actualidad tiene un trono y es importante. Por otro lado, las noches le son menos amargas, dado a que ya puede comprarse, para sus plumas apestosas, jabones olorosos, perfumes y aceites importados. Aunque muchos digan que es un megalómano, para nada lo es, simplemente el poder no cabe es sus alitas pequeñas, ¡por eso lo abraza tanto!

Por lo rebosante que se le ve, probablemente haya cedido al acoso de sus ahora compinches. Es lo que no se entiende, ¿acaso piensa quedarse en el hábitat común de esos pájaros músicos (violines), teniendo esa cara de ratón y ese irrisorio tamaño? Es lo malo de llegar al poder, uno piensa que todos están cerca por lealtad.

El final que le espera a este osado pajarito, más o menos cuenta así: “Y el pajarito que quiso ser águila, volvió al maravilloso mundo de la realidad incierta que le vio nacer. Volvió, porque cuando su trono empezó a derrumbarse, fue acosado por una bandada de pajarotes despiadados. Fin.”

(M.V.)

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