domingo, 10 de marzo de 2013

Utopías y desvaríos (21)



Estarás en mi memoria, por ser:

La noche iluminada de los sueños que persigo. A veces oscura, fría, sin sentido, tétrica…; pero casi siempre luminosa, cálida, de plena hermosura.

El resplandor de la paz, mi paz. Se agrieta y oscurece mi interior con tu silencio, a cada segundo; en cambio, si te escucho, si das alguna muestra de vida, me adelanto a paso seguro, con júbilo.

La motivación pedida que se me escapó con los años, de tanto vivir apresurado. El futuro será lo que tenga que ser, conmigo o sin mí; pero los paisajes que se muestran en el horizonte, el cielo, los ríos, el bosque…, guardan instantes irrepetibles, únicos, que no voy a perderme de sentirlos por nada, menos ahora, en este tiempo que me resulta agradable a cada parpadeo que doy.

La esperanza de vida eterna que siempre me he jactado de ofrecerte, siendo tú quien me la concedes, sin oprobio y con armonía. Lo sabes desde siempre: “que cada segundo / sea eterno”.

La resignación de un ave cuyo vuelo se ha postergado por tiempo indeterminado. Has revoloteado sobre mi cabeza una y mil veces, con y sin esperanza, con cansancio, al borde de la agonía…, pese a mi mal aspecto, maltrato e impasibilidad. Te has postrado de tanto esfuerzo; pero aún no es tarde: el cielo, lo descubro y avizoro, está despejado ahora. ¡Ve!

El artista que ha moldeado el barro del que soy hechura, le ha dado vida con su soplo y hasta lo ha mostrado al mundo, por gusto, para que su arte se haga ternura.

Quien me abre las puertas de la lujuria y me convence de no asustarme.

Cada uno de esos libros que me ausentan de este mundo hostil. No me es arriesgado sumergirme en la sinuosa realidad, si avanzo en adelantadas páginas de ensueño y fantasía; tampoco encuentro límites, ni caminos intransitables, ni fantasmas que me asusten, si al final de mis viajes, siempre tengo la esperanza de encontrarte. ¡Me basta saber que estás ahí!

El precipicio a donde van mis pesares, la honda caída que destroza mis temores absurdos y los pilares en los que mi soberbia se hace pedazos.

El sol, el aire, el agua, la tierra…, elementos que bien podrían caber únicamente en tus ojos.

El agua que ha de limpiar mi suciedad, siempre que mis desvaríos hagan que mi cuerpo se ensucie donde no deba.

El perdón inherente que fortalece mi cerviz, la necesidad que obra en pro de arruinar toda culpa y la súplica que no he de escuchar más; es decir, mi memoria te guarda, por ser el castigo que me consuela.

Lo que siempre he querido ser, ayer, hoy y mañana, pura bondad, fortaleza inquebrantable, luz, arcoíris, el atardecer que encanta a los ojos, las flores y rosas multicolores que abrigan el canto de las aves, la esperanza de un poeta, la música, la lluvia…, y, en suma, por ser mi inspiración.

Como sea que tengas que ser.

(M.V.)

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