lunes, 1 de abril de 2013



Una noche, hace mil novecientos años, Jesús, cuando contaba con treinta y tres años de edad, luego de celebrar junto con sus discípulos en la casa de un amigo la ceremonia de la Pascua, una fiesta solemne con la que los judíos conmemoraban su huida de Egipto, salió rumbo a Getsemaní, un huerto que había al pie del monte de los Olivos, lugar a donde acostumbraba ir a orar.

Fue allí donde Judas Iscariote, uno de sus discípulos, que desempeñaba la función de tesorero y a quien le tocó la traidora misión de entregarle por treinta monedas de plata, y horas más tarde, agobiado por el remordimiento se ahorcó, llegó con unos hombres armados con espadas y palos, alumbrados por antorchas, pues era de noche, a quienes el delator les dijo: "El hombre a quien daré un beso en su mejilla, ese es Jesús". Y así lo hizo. Entonces el traicionado le echó en cara su actitud con estas palabras: "con un beso entregas a tu Maestro".

Desde ese momento, Jesús quedó a merced de sus enemigos, los que le llevaron maniatado ante Herodes Antipas, los sumos sacerdotes Anás y Caifás, y luego ante Poncio Pilato, procurador romano que administraba justicia y gobernaba en Judea. Luego de un fingido juzgamiento, en forma por demás irresponsable se lavó las manos, sacó a Jesús del tribunal y diciendo "Ecce homo – he aquí el hombre"– le presentó ante una multitud que azuzada gritaba: "Crucifícale, crucifícale", sentenciando así al hombre cuya muerte y resurrección había sido profetizada mucho antes.

Pero la prédica de Jesús Cristo, basada en el amor a nuestros semejantes, sigue vigente, es conocida y divulgada en todo el mundo y su historia está llena de mártires cristianos que murieron o fueron muertos por creer en  Él, aunque hay quienes han traficado y siguen traficando con su nombre.

Ojalá esta Semana santa que estamos celebrado en memoria de ese hombre que se inmoló por nuestros pecados nos haga reflexionar, que levantemos nuestras miradas hacia Aquel a quien día a día seguimos clavándole en la cruz, hoy que hay tanta violencia y corrupción, y permitamos que Jesús Cristo dirija todos los días nuestras vidas y que estas sean coherentes con nuestra fe y nuestro actuar.        

(Carlos Tafur Ruiz)

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