domingo, 23 de junio de 2013

Análisis: Yakuruna (novela)


 
 


Introspectiva al personaje central de la novela Yakuruna

(De los celos al infortunio y la inmortalidad)

 

Estudios sobre las relaciones de pareja señalan que la experiencia de sentir celos incluye sentimientos de rabia, enojo, humillación, miedo, ansiedad, tristeza, depresión... En la novela "Yakuruna", un poblador común que accidentalmente se cruza con el que sería luego la causa indirecta de su extraordinaria transformación, vive en sus entrañas la cruel mordida de los celos; sentimiento oscuro que desencadena la fantástica conversión del hombre en el ser que detestaba.

 

Creyéndolo el causante de su infortunio, reacciona acechando al Yakuruna –la amenaza percibida–, situación que origina un cúmulo de hechos atroces que no es capaz de frenar. El escritor, preciso, perturbadoramente inclemente con las sensaciones que provoca, ajusta la pluma y deja que el ya anciano vaya contando la historia inicial que transformara su vida alterándola sin retorno: "No pude más, y sin medir las consecuencias, para no revelar mi secreto, enrumbé mi otrora liviano cuerpo sobre ella, tomándola con fuerza hasta derribarla. Al contrario de lo que pensé, me recibió con inusitada alegría, extendiendo sus delgados brazos para que sin contratiempos la desnudara más rápido. Eso hice, y al cabo de unos segundos, le quité toda la ropa. Tibia ella, moza, me dio calor y una satisfacción que me duraría hasta la noche". En el recuerdo del anciano se exacerba la posesión: la mujer es tomada como su propiedad, convirtiendo esta escena apasionada en el preludio de los celos desmedidos que luego inducen al hombre a dar cruel muerte a su benefactor: el Yakuruna. Encontrarse con él lo destina a la insensibilidad de su alma.

 

De la mujer, la sola pregunta sobre el amigo, ese extraño que se roba las miradas y las ansias secretas de todas ellas, va tejiendo la tragedia. La interrogación, inocentemente expuesta, lo conduce a la sospecha y la desesperación. Atisba entonces –sin indicios claros– que el hombre del agua vuelve y lo visita por la mujer que arrebatadamente cada noche se acuesta con él. Su temor se acrecienta y oculta, en una "verdad paralela"; no hay novedad le dice al "amigo": ningún rastro debía ser visible para el que dominaba el corazón, para el "único imponente macho que las estrujaba totalmente hasta el delirio". Decirle que había conquistado a una mujer significaba –en su frágil y retorcida mente celosa– destinarla a los brazos del que las hacía soñar "con una noche intensa de placer y más".

 

Imagino la mente febril del  escritor adentrándose en la oscuridad del personaje, recreándolo sumido en la impotencia, las ganas de llorar y la bronca. Se revelan en sus acciones,  sensaciones de sufrimiento y temor, surgidas de la visión subjetiva que lo lleva a suponer a su mujer entre coqueteos. Y es así que, atacado en su orgullo, el hombre reclama la exclusividad de la hembra: quiere ser el primero y el único, develándose como un ser profundamente (¿y patológicamente?) celoso. Y, mientras tanto, ella desaparece, colmándolo aun más de incertidumbre y propiciando deseos de resarcimiento que luego se cumplen. Sin su objeto de deseo y posesión a quien castigar por un alucinado abandono amoroso, sus sentimientos de venganza se vuelcan, inexorablemente, hacia el Yakuruna. 

 

El fervor, el deseo intenso que le provocan los celos, ciegan su razón, haciéndole concebir que pudiera arrebatarle la inmortalidad. Planifica su muerte y lo ataca a traición creyéndolo culpable de su pérdida, "descuartizando su cuerpo con una ira atroz…". Pero no es pavor lo que siente después de haber consumado su crimen; es una trémula satisfacción: tranquilidad total. Efectos totales del placer de los celos. Así, procede a lamer la sangre y a comer trozos suaves de él. Y tal como lo cuenta él mismo: "Ya sin ánimos, me despojé de mis prendas, emití un grito interminable y me arrojé al río. Fui sumergiéndome, sin detenerme, evocando la peor de las desgracias. El agua, entró por mi boca y se alojó dentro. Eso fue todo".  


(Connie Philipps)

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