domingo, 2 de junio de 2013

Archivo literario: La oca nevada



Años ya, cuando todavía éramos pequeños, mis hermanos y yo gozábamos de las historias que mi abuelo Víctor nos contaba; tirados en el piso, imaginando esos recónditos lugares donde nosotros protagonizábamos aquellas extraordinarias aventuras. Nuestros relatos preferidos fueron dos cuentos que se repetían incesantemente, día tras día, alborotando nuestras almas por su mágico contenido. "Un milagro", relataba la historia más dulce que podría existir: un niño humilde que encuentra las reliquias de San Francisco de Asís en una iglesia derruida; un milagro de amor y fe, que le permitió sanar a Violeta, su burrita. La otra historia, la que me ha forzado al recuerdo, me llenó siempre de ternura y melancolía, y, ahora, que surgen atropelladamente los escenarios, sucesos y personajes en medio de la nostalgia, me he visto alentada a relatarlos, impulsada por la obra de Paul Gallico y el último relato del abuelo, que para entonces, el cansancio y la muerte dibujaban ya en su hermoso rostro.

"¿Listos?" ―dijo el abuelo- "nadie debe molestar… voy a empezar…". Nos acostamos, hicimos los últimos movimientos extraños para acomodarnos, un trago de saliva y esperamos atentos, con el corazón emocionado: "En un lugar de Inglaterra se extiende una gran región pantanosa llena de vida silvestre, alejada del hombre... En una de sus orillas se encuentra una vieja muralla y las ruinas de lo que fue un faro, y donde ahora el mar ha recuperado su terreno. Este fue el escenario de una historia entre un hombre, una muchacha y un ave blanca que presenció todo, antes de regresar definitivamente a las lejanas tierras de donde vino... y punto", terminó. "Pero… ¡abuelo! ¡Y qué más!" ―gritamos exaltados, él nos miró sonriente, seguro de haber cautivado a su auditorio, luego, carraspeó un poco antes de continuar: "Él era noble, emprendedor, amante de la naturaleza y pintor de aves. Una joroba, una enorme barba y un brazo pequeño y torcido provocaban reacciones a las cuales se fue acostumbrando, a pesar de ello no odiaba, su alma no podía encerrar el mal que los demás le provocaban. Podía manejar su pequeño bote con solo una mano y sus dientes, y de este modo enrumbaba viajes por el mar que duraban días… sí, muchos días…"; y de repente, el abuelo paró el relato abruptamente: "¡Hora de comer, todos a lavarse las manos!" ―sentenció. Ese día no hubo más cuento. La agonía del abuelo era insoportable, se le notaba en ese rictus habitual cuando apretaba el dolor.

Dos días después, el abuelo, aunque agitado, nos convocó otra vez y se volvió a escuchar su "¡Todos atentos!" familiar. Por supuesto, no era necesario recordárnoslo, esos ojos grises de mirada intensa eran suficientes para darnos órdenes. Cogió su bastón, dio dos golpes en el suelo y empezó: "Un día llegó hasta el faro una pequeña menuda y tímida llevando en brazos un ganso herido de bala. Lo curaron y bautizaron como La Princesa Perdida. A partir de entonces, Frida, fue una visitante frecuente del faro para ver al ave que partía y retornaba con cada estación. Una tarde gris, observaron al ganso iniciar su vuelo migratorio; súbitamente regresó a tierra y ya no lo intentó de nuevo. No se iría más. Ése era ahora su hogar y lo escogió libremente. Ella comprendió entonces, que al igual que el ave que encontró su nido, había descubierto que volvía al faro, una y otra vez, por él. Reconocerlo le provocó un nerviosismo súbito que la hizo despedirse rápidamente con un triste y lacónico adiós…" ―concluyó el abuelo, estirando la pierna que sangraba. Nos quedamos mudos, terriblemente asustados; ya no hubo protestas ni encendidos gritos: el abuelo estaba resistiendo un mal que nos arrebataba un poco de él cada día. 

Al siguiente día nos permitieron verlo en su alcoba: estaba pálido, pero nos pidió sentarnos cerca de él para que pudiera terminar su historia. Hablando quedo, muy bajito, todos escuchamos su voz suave, lenta, casi imperceptible: "Frida lo encontró un día preparando el bote para un largo viaje; dijo que iba a un lugar llamado Dunkerque, donde los soldados, atrapados, estaban siendo cazados como aves, como las aves que ellos habían curado juntos. En vano le rogó que no partiera, igual zarpó. En el pueblo abundaban lo relatos sobre la llegada de un pequeño bote guiado por un extraño individuo que transportaba a los hombres, con un ganso volando siempre a su alrededor. Más, poco después, encontraron el pequeño bote, con él, muerto por metralla. El ganso, hasta entonces inseparable, voló tres veces alrededor y luego se alejó dirigiéndose hacia el oeste. En el horizonte, ella observó y entendió el mensaje. Después de que el ave se perdió de vista, entró al faro, tomó la pintura que él había hecho de ella, y estrechándola contra su pecho se dirigió a su hogar..." ―el abuelo cerró los ojos, sonrió apenas y pidió que saliéramos del cuarto. Todos quedamos tristes, aunque sabíamos el final, tantas veces contado por mi abuelo, sentimos, ese mismo instante que él estaba  cerrando no solo la historia de "La oca nevada" sino también su propia historia. Al día siguiente, 30 de octubre, murió. //  

(Por Connie Philipps)

10 comentarios:

  1. He leido esta obra muchas veces dede niño, en Selecciones Readers Digest - Dic 1966, Muy tierna con ejemplo de amor al projimo, a la naturaleza, valor y conciencia. lamentablemente he perdido mi ejemplar, recomiendo este hermoso narrativo DE: Paul Gallico.

    ResponderEliminar
  2. He leido esta obra muchas veces dede niño, en Selecciones Readers Digest - Dic 1966, Muy tierna con ejemplo de amor al projimo, a la naturaleza, valor y conciencia. lamentablemente he perdido mi ejemplar, recomiendo este hermoso narrativo DE: Paul Gallico.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Igual que a ti, ese relato me conmovió, y ha sido motivo de lectura constante mientras el abuelo vivió. Era uno de sus preferidos.

      Eliminar
    2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

      Eliminar
  3. Yo también lo leí, tengo el ejemplar refundido en algún lugar. lo buscaré para revisarlo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. POR favor si encuentras tu ejemplar toma una buena foto de la portada -la niña don la gansa en sus brazos - y cuelgala .... Muchas gracias,Ramiro Arana

      Eliminar
  4. Yo también lo leí, tengo el ejemplar refundido en algún lugar. lo buscaré para revisarlo

    ResponderEliminar
  5. Yo también lo leí, tengo el ejemplar refundido en algún lugar. lo buscaré para revisarlo

    ResponderEliminar
  6. Por favor si tienes el ejemplar, solo te pido me envíes la foto de la niña con la oca herida. En 3° de secundaria concurse en pintura y opté por pintar esa figura, gane un segundo puesto. Pero en una mudanza se me extravió, una gran pérdida para mi. como comprenderás, te agradeceré si puedes complacerme.

    ResponderEliminar
  7. Que lindo recuerdo de un abuelo cariñoso! Gracias por compartirlo! Tengo clara en la mente la imagen de la niña con la oca en brazos.

    ResponderEliminar