domingo, 2 de junio de 2013

“El árbol” o el vértigo de la palabra

 
 


Por Werner Bartra Padilla

La novela de Miuler Vásquez, "El árbol", se lee de un tirón. Con la respiración entrecortada y el corazón en la mano. Es trepidante. Es un homenaje al vértigo de la palabra y una evidencia de que los clisés literarios, muchas veces, son solo eso. Aludo al conocido estribillo que siempre se repite en los círculos de escritores. En esas capillas herméticas, casi órficas, es una lección fundamental aprender que una novela o un cuento, debe tener como base una historia. "Si no hay historia, el cuento o la novela no se arma", es una frase lapidaria que se escucha con frecuencia. "El árbol", es un conjunto de situaciones cuya línea argumental, como historia, es muy tenue; empero, su fuerza radica en que engarza estas anécdotas con un manejo del idioma polisémico, de multiuso. Conecta al lector con vivencias cercanas. La novela muestra, con esa catarata de palabras que cambian de escenarios y significados con velocidad cinematográfica, las experiencias cotidianas de las personas de a pie cuando se relacionan con el poder. La inmensidad del árbol y la casa que se ha vuelto parte de él, es una gran metáfora de nuestras propias vidas. El recurso de no individualizar con precisión los personajes, contribuye de manera eficaz, a la visión totalizadora, universal de esta alegoría. La línea argumental tiene que ser seguida con un poco de esfuerzo. No es una lectura fácil. Provoca, incita y, en algunos pasajes, subleva.

Otro recurso interesante es el uso de varias voces narrativas. El hombre, la mujer, el amigo, los reyes, el príncipe, la reina y, en fin, todos estos personajes genéricos, siempre tienen algo que decir. Se están moviendo, en casi todas sus intervenciones, en ese límite, delgado y frágil, de la cordura y la locura, Por un lado sus dichos, sentencias, relatos o alocuciones poseen una lógica devastadora y, por otro lado, sus acciones están impregnadas de un inevitable aire de desvarío. En realidad toda la novela mantiene esa atmósfera de delirio que es necesario para mantener la atención del lector. Las voces colectivas son la caja de resonancia de las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad: el amor, la muerte, la guerra, el poder, las pasiones, las fragilidades axiológicas del hombre, en fin, nada de lo humano le es ajeno. Esta novela es un experimento interesante con el idioma que no tiene parangón con ninguna otra obra publicada por estos páramos amazónicos. Hay en ella reminiscencias de Becket, de Kawabata y de Quiroga. Las escenas finales de infidelidad (presunta o real) entre la mujer y el hombre parecen arrancadas de las páginas de relatos de Bukowsky. El giro final que denota la enajenación de los protagonistas, con esa caracterización del hombre con su otro yo es, simplemente, una pincelada de genialidad en esta bien lograda novela.

Finalmente, es notable observar que en la nueva narrativa sanmartinense, y amazónica en general, los autores se van despojando de algunos estereotipos "regionales" como es el tratamiento de ese variopinto mundo mítico poblado de seres demoniacos, o de las expresiones folclóricas u otros motivos que encasillan lo selvático a ciertos tipos de personajes o escenarios que, sin dejar de ser importantes, deben dar paso a otro tipo de tratamiento estético. Esta novela es una buena referencia de esta tendencia. Enhorabuena. //

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