domingo, 2 de junio de 2013

Personaje ilustre: Giovanni Bocaccio

Escribe: Oswaldo Gonzaga Salazar



Giovanni Bocaccio

Junto con Dante Alighieri y Francesco Petrarca, es la  figura más emblemática y sobresaliente del movimiento humanístico en lo más importante de la Edad Media que se centra en el Renacimiento. Alighieri y Petrarca en la poesía y Bocaccio en la prosa narrativa. Fue amigo de ellos y recibió fuerte influencia del segundo, sobre todo en sus poemas. Pero el narrador italiano ha quedado reconocido en la historia de la literatura como el creador, el iniciador del cuento y la novela modernos. Si Dante es el autor de La Divina Comedia, Bocaccio lo es de la comedia humana.

Nacido en 1313 y muerto en 1375. Vivió casi toda su vida en Nápoles. Hijo de un mercader, hizo estudios jurídicos y humanísticos, pero su pasión era la literatura. Ocupó cargos diplomáticos que no lograron sacarlo adelante de su situación económica un tanto precaria.

Fue el "Decamerón" con lo que pasó a la posteridad. Deca = 10. Diez jornadas, con diez cuentos por cada jornada suman 100 historias de las que está constituida la obra. Historias que se cuentan durante una travesía en medio del peligro de la peste. Insigne maestro de la narración corta, denota el cuento gracioso, sensual, con temas tanto trágicos como cómicos. Allí conviven la abnegación y la lujuria, la generosidad y la infamia en una prosa elegante y fresca. Argumentos alegres y burlescos con sátiras a la burguesía de su época sin dejar el estudio profundo de la psicología femenina, el cuento picante, desvergonzado a veces, en cuyo trasfondo respira una refinada lujuria. Bocaccio entiende que la época quiere una literatura realista y sencilla. Se presenta una visión cómica de la sociedad de la época con el fin de divertir al lector. Sin embargo, no dejan de ser admirables las dotes estilísticas y literarias del maestro que supo interpretar su época. Su influencia es ilimitada en todos los campos de la literatura, incluso en el llamado "humor negro" de la postguerra.

Obras: "La Teseida" (poema épico), "Filocolo", "Amorosa visión", "Filostrato", "Corbacho", "Decamerón", "Otras obras en latín", "Fiammetta", "Poemas líricos y épicos".



Condensados  de dos cuentos 
de Giovanni Boccaccio

Los tres anillos

Saladino, conquistador victorioso sobre reyes sarracenos y cristianos, agotó todos sus tesoros en diversas guerras y en pródigas magnificencias. Como necesitaba para nuevas contiendas una crecida suma de dinero y no sabía dónde obtenerla con la premura que le precisaba, recordó que un acaudalado judío llamado Melquisedec se dedicaba a la usura en Alejandria. Era muy interesado y astuto. Saladino no quería usar la fuerza abiertamente y previendo que el judío no daría de buen grado el dinero, se valió de un medio razonable, en apariencia. Lo hizo llamar a palacio y le habló en familiaridad:

―He oído que eres un hombre sabio, prudente y versado en las cosas divinas. Me gustaría que me explicaras cual de las tres religiones consideras la mejor y verdadera: la hebrea, la sarracena, o la cristiana.― El judío comprendió el lazo que el sultán le quería tender en algún secreto propósito. No tenía que alabar a una más que a otra. 

―Bella es señor la pregunta que os dignáis hacerme y de mucha importancia. Me veo obligado a contaros un cuento que sin duda os placerá... Hubo un hombre rico y poderoso que poseía un anillo hermosísimo. Dispuso en su testamento que aquel de sus hijos varones  que lo tuviera en su poder a la hora de su muerte, fuera temido y respetado como su heredero. La joya pasó de mano en mano a muchos sucesores, llegando a la de uno que tenía tres hijos igualmente amables, virtuosos y obedientes por quienes sentía igual afecto. El buen hombre no acertaba a decidir  cuál de ellos sería el elegido.

Decidió encargar en secreto la fabricación de dos anillos idénticos al original. Antes de morir entregó por separado una sortija a cada uno de los hijos. Para reclamar la herencia cada uno mostró su anillo. No fue posible discernir cuál era el verdadero heredero, cuestión que nunca ha sido dilucidada jamás.

―Noble sultán: lo mismo pasa con las leyes que Dios ha dado a los tres pueblos. Cada uno de ellos cree ser el verdadero heredero. Queda por decidir, como en el caso de los anillos, cual de las tres religiones se fundamenta mejor.  Según parece, no se decidirá en mucho tiempo.

Comprobó el sultán la habilidad y astucia del judío y resolvió hablarle claramente de la necesidad del dinero y éste se lo dio prestado. Después, el conquistador no solo se lo reintegró por completo, sino que le hizo valiosos regalos, teniéndole siempre como amigo y consejero.//


El marido cornudo, apaleado y contento

Ludovico, con el falso nombre de Anichino,llegó a Bolonia decidido a conquistar a la mujer más hermosa de la que sus amigos se habían maravillado, y que él, solo de escuchar estaba rotundamente enamorado; cuando le alcanzó a ver en una fiesta le pareció mucho más hermosa todavía. Consiguió ser admitido en su casa por Egano, su esposo, logrando en poco tiempo la confianza y el mejor aprecio de ambos. En una ocasión, en ausencia del esposo, Anichino, ya emocionado y casi con lágrimas en los ojos, le declaró a Beatriz entre suspiros, cuán enamorado estaba de ella, aun antes de conocerla, y había entrado a su servicio arrastrado por ese amor y le suplicó que se apiadara de él. La gentil dama dio crédito a sus palabras y se impresionó de tal modo por sus súplicas que a su vez comenzó a suspirar profundamente.

―¡Anichino mío! En poco rato y en sencillas palabras me has hecho más tuya que mía. Has ganado dignamente mi amor. Prometo demostrártelo antes de que transcurra la noche. Ven a mi habitación después de las doce. Quiero consolar ese largo deseo.

A la hora señalada Anichino se presentó en la alcoba y asombrado vio a Beatriz despertar a su esposo y preguntarle:

―Dime Egano, ¿a cuál de tus servidores tienes por el mejor y más leal? 
―Anichino, tú sabes. ¿A qué viene esa pregunta?
―Así lo suponía, pero hoy he tenido una decepción. Me abordó y no se avergonzó de pedirme que cediera a sus deseos. Yo le contesté que con gusto, para que tú mismo lo comprobaras con tus propios ojos. Hoy, después de medianoche, bajaría al jardín a esperarle al pie del pino. Si tú quieres conocer la lealtad de tu servidor, puedes hacerlo poniéndote uno de mis vestidos y un velo en la cabeza y esperarle en mi lugar porque estoy segura de que irá. 

Anichino, al observar el giro que había dado el asunto, se consideró el hombre más feliz del mundo. Y cuando Beatriz volvió al lecho, le pidió que se acostara a su lado disfrutando de los dulces placeres del amor.

Cuando el amante ya se iba, le despidió diciéndole: 

―Ahora debes coger un bastón y bajar al jardín. Allí, fingiendo haberme requerido de amores para probarme, insultarás a Egano como si se tratara de mí, y le apalearás de lo lindo, de lo cual sacaremos gran provecho y placer. 

Así lo hizo él, armado de un nudoso garrote. 

― Mujer infame, de modo que has venido aquí y has creído que yo iba a inferir esta ofensa a mi señor ¡maldita seas mil veces!

Apaleado, Egano echó a correr sin articular palabras. 

―¡Maldita mujer! Mañana se lo contaré todo a mi amo. 
―Ojalá no hubiera ido ―dijo Egano, ya en la habitación ―pues creyendo que eras tú, me ha molido a palos. Lo que sucede es que, como te vio tan afable y cariñosa, quiso probarte.
―Pero ya que te ha demostrado tanta lealtad ― respondió Beatriz ―merece le concedas nuevos honores. 

Egano quedó convencido de tener la esposa mas leal y el servidor más fiel que tuviera en todo el mundo.//

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