viernes, 26 de julio de 2013

Relato: La panguana

 
 


LA PANGUANA
         
Hildebrando García Velásquez
(Contacto: 959438690)


En la selva peruana, abunda un ave conocida como panguana, de regular tamaño, de cuerpo casi redondo por su plumaje, color estaño, vuelo corto, carne sabrosa, muy buscada por los cazadores.

Su canto sonoro y prolongado se puede graficar por el sonido en el siguiente sintagma: "Juan – jua – juaiii".

Su canto es imitado por los regionales con silbidos, reproduciendo hábilmente los fonemas que se confunden con el canto del ave. A manera de costumbre y hábito tradicional, en los caminos, en las chacras o en el pueblo se escucha remedar a la panguana.

Algunos la imitan entre el espeso bosque para atraerla y sea fácil presa. De esa manera la infeliz panguana, creyendo que se trata de su semejante, se acerca y resulta siendo víctima del astuto cazador. 

Las panguanas cantan a intervalos, especialmente en las tardes y entre canto y canto se acercan para aparearse.

II

Pedro Sinti y su mujer, Juanita Chujutalli, vivían en un hermoso paraje a orillas del río Huallaga, cerca del pueblo de Caspizapa.

Para llegar a la chacra de Pedro había que caminar un kilómetro aproximadamente del centro poblado y en el intermedio estaba ubicada la chacra de su tío Abrahán Chujutalli.

Pedro y Juanita se casaron en uno de los días en que se celebraba la fiesta patronal de la comunidad. Era propicia la oportunidad, porque por primera vez llegó a ese lugar el Obispo de Moyobamba, y qué mejor que fuera él quien consagrara la unión de esta pareja. 

Ella, antes de casarse, tuvo su primer enamorado a escondidas. Dejando a Roldán aceptó matrimoniarse con Pedro, por  tres  razones: por consejo de su mamita, por la presencia del Obispo para el acto matrimonial y por lucir el traje blanco que le ofreció su tío, el ricacho Prudencio Chistama.

Pero le timbraba en la mente el recuerdo de lo ocurrido con Roldán hacía ya dos meses. En una noche estrellada, tuvieron una cita amorosa bajo el tronco de naranjo que había en la huerta. El frondoso árbol, cargado de dulces frutos, guardaba una discreta oscuridad. Allí se abrazaron, se besaron sin decirse nada, luego se tumbaron y gozaron felices de su intimidad. Después de levantarse, ella susurró suavemente:

―Te ruego no cuentes a nadie.
―Porque sólo nosotros y el Señor, que está arriba, sabe lo nuestro.

En ese momento, una voz ronca sonó entre las ramas del naranjo:

―¡Váyanse de aquí, majaderos!
―¡Me hacen testigo de sus indecencias!
―¡Qué tal lisura!

Los amantes desaparecieron en el acto.

Juan Pinchi, se encontraba en lo alto del árbol robando las frutas cuando los vio llegar, y en silencio les estuvo observando. 

III

Pedro y Juanita vivían felices en su tambo compartiendo sus tareas agrícolas con mucho entusiasmo. El marido con frecuencia iba de caza y volvía con una sarta de panguanas y otras presas. 

Tenía fama de buen tirador, razón por la cual quedaban ya pocas panguanas en el sector.

Meses después, Juanita trajo a este mundo un robusto varón y pidió que le pusieran el nombre de Roldán.

Llegó nuevamente la época de las festividades patronales de la comunidad. La gente vio conversar animadamente a Roldán con Juanita, mientras Pedro estaba borracho en la cantina.

Alguien comentaba en el grupo:

―Juanita saca la vuelta a Pedro.
―Siempre se le ve a Roldán merodeando por la orilla del río cerca al tambo de ellos. 

Un día del mes de julio, Pedro tenía planeado ir de caza con su tío Abrahán y regresar por la noche, pero, por razones imprevistas, ambos desistieron de dicho plan.

Juanita, al conocer que su marido iría al monte, había acordado con Roldán encontrarse en un nutrido matorral a orillas del río, y que el galán debería anunciarse remedando con silbidos el canto de la panguana.

Esa tarde, Juanita encontrábase nerviosa, pues no sabía cómo avisar a Roldán para que no asistiera a la cita.

A las cuatro de la tarde aproximadamente, Pedro y Juanita estaban en el ramadón del tambo cuando escucharon cantar a la panguana.

―¡Cómo! ―dijo él― ¿Panguana por acá cerca?
―Voy a traer la escopeta del tambo de mi tío Abrahán. Diciendo esto salió corriendo.

Juanita, en tanto, desesperada, entró al dormitorio terriblemente asustada y al salir enredó sus pies en la red de pescar y cayó de bruces sobre una gallina que incubaba en su nido. Ésta voló estrepitosamente produciendo un laberinto, pasó pisando la hamaca donde dormía el bebé, el que al sentir los rasguños lloró desesperadamente. 

Entonces Juanita encontró la razón suficiente para inventar un canto para acallar a su niño. Mientras lo mecía ágilmente entonó de su propia inspiración y en tono triste la siguiente canción:

Vuela ya panguana, vuela;
pues te quieren matar,
no he de tener la culpa
si te matan ya.

Esta canción la repetía con voz fuerte una y otra vez mirando la recta del camino por donde debería llegar su marido.

Ante la insistencia del canto, la panguana dejó de cantar. Lo cierto es que cuando llegó Pedro con el arma preparada y fue a buscar la ansiada presa, no encontró nada.

― Ya se fue, dijo, al llegar al tambo.
― Sí, ya se fue, repitió, como un eco, sonriente, la Juanita. //

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