viernes, 26 de julio de 2013

Reseña: “Un punto en la neblina

 
 


Reseña: "Un punto en la neblina", cuento del 
libro "La sonrisa de Mariana", de Juan Rodríguez

De reojo miro a la gente pasar… en "mi banca", la de siempre, estoy sin compañía y gozando de un tiempo esperado: del momento perfecto en que mi soledad, el silencio del parque y "La sonrisa de Mariana", el libro de turno, esperan de mí la entrega total.

La sombra de los árboles me permite abstraerme en sus pequeñas páginas. Voy gustando de los relatos que se suceden uno tras otro, descubriendo personajes, capturándolos en mi imaginación y haciéndolos parte de mi universo de ficciones. Veo, entre ellos, a los que me subyugan; cómo se envuelven en sus propias telarañas de dudas angustiantes, culpas y pesares, de amores fríos y díscolos, de amores raros, sobrenaturales, y otros, de ternura infinita, perdidos en la nada, en la incertidumbre... En un instante, tras hacerme un guiño cómplice, el libro se desliza de mis manos, antes de que mis dedos lo adviertan; se detiene abruptamente en mi regazo, como si el viento lo hubiera decidido así. Casi con ternura lo levanto y como si se tratara de esos juegos en que se abren páginas para leer lo que el azar destina, se posan mis ojos en un título: "Un punto en la neblina". 

Mi curiosidad se desata, me urge conocer su contenido, vagar entre los personajes y ser uno más entre ellos. Me dice mucho… cuenta un escenario frío, de invierno inmisericorde, feroz: Milán, la gran urbe, guarda el amor desenfadado y liberal de Francesca y su "bambino", a quien atiende solícita ayudándolo a buscar trabajo, ahí, donde es tan escaso y, sobrevivir, es una lucha de anónimos héroes. Mientras la pasión acalla los reproches, los retornos, ausencias y anuncios de partidas, entre el ruido de la trepidante ciudad, un extraño personaje me embelesa: la mujer de zapatos desgastados, de raída chompa, que intenta vencer la atroz temperatura que congela; ella me inicia en el palpitante recorrido por el cuento. Es casi una intrusa en la trama que revela los amores de los jóvenes. Siempre está en las calles, agitando su miseria, restregando a los ojos el olvido de los otros. A él también, al personaje del cuento, le ha estremecido su extraña aparición entre la bruma de la gran ciudad, aunque ya se hace costumbre verla caminando, arrastrando por ahí su delgadez extrema y tal vez su delirio. Su preocupación se acrecienta; quizás amanezca muerta un día, consumida por el intenso frío. Lo comenta, quizás lo presiente…y él, su hermano: "Debemos acostumbrarnos al trabajo de la naturaleza. Ella se encarga de clasificarlos y dejar a los más fuertes y aptos de esta sociedad". Le ha parecido brutal esa respuesta. 

Ha pasado el tiempo, y la mujer de andar cansino ya no es tema de conversación en el relato. Él se ha convencido, tal como lo afirma Francesca, que "Milán no perdona a los pobres". Puede, que si nadie la recoge, amanezca muerta en cualquier parque... y mientras tanto, la vida sigue, el mundo continúa dando vueltas infinitas. 

Aunque absorta en mis meditaciones, siento que alguien me mira con insistencia. Cierro el libro y ya de vuelta a la llamada "realidad", poso mis ojos en una risueña mujer que me dice "¡Hola!", con coquetería. Es Olguita. Está cada vez más entrada en delirios… me coge de la mano y me receta un tónico especial para la anemia. "Estás más pálida que el papel", sentencia, convencida que es una doctora famosa que aparece en la televisión. No me ha reconocido; de haberlo hecho quizás me habría atacado presa de su exaltación. "¡Qué triste!" ―pienso― "es tan real todo, tan actual". Y mientras la veo alejarse, esta neblina de junio me congela y acongoja.
              
Escribe: Connie Philipps

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