viernes, 27 de septiembre de 2013

Relato: Visitas de media noche



Veía que las raíces de los viejos troncos de cocos de la huerta de mi abuela se movían como gusanos interminables y abominables, que se dirigían a mí como si buscaran envolver mi infantil cuerpo. Inmóvil, trataba de no sucumbir al susto que irremediable me traía consigo la media noche; mi primaria intención solo era ir al baño, que a la luz del día estaba solo a unos pasos de mi habitación y en noches como esa, se distanciaba mucho de aquel. Mis pasos se aletargaban quizá por el temor de sucumbir a esos gusanos imaginarios, que intuía intentaban comerme.

―¿Quién es? ―preguntó una voz que no podía reconocer.
―¿Será la madre de este cocotero? ―me respondí para mis adentros, aguantando la respiración y sin proferir palabra alguna.
―¿Quién es? ―volvió a preguntar esa misma voz. ¡Dios! ¡ Era la voz de mi madre!
―¡Mamá! ―Grité tibiamente, como si mis cuerdas vocales estuvieran pegadas unas contra otras: un grito casi mudo. Mi madre me reconoció.
―¿Qué pasa? ―preguntó como un soldado, como esos cachacos que nos les importa nada, ni siquiera interrumpir el silencio de la noche.
―¡Nada mamita, nada! Estaba saliendo a orinar nada más.
―¡Entonces deja de hacer bulla y la próxima mete el bacín al cuarto para que te evites de tonterías!

Mi madre, obviamente no creía en mi miedo a la oscuridad; nada, nadita, ni qué ocho cuartos, o me mandaba a lavar mi bacín o simplemente hijito, aguántate toda la noche y no dejes que los inquilinos de tu abuela se enteren que eres un miedoso con una gran proyección a cobarde.
Más de treinta años después, en los tiempos del internet y las redes sociales, los miedos sólo cambiaron de contexto. El miedo a la noche existe, solo que ya no le tememos a los fantasmas ni otros demonios, sino a los delincuentes y todo aquel enemigo de lo ajeno que busca llenar su billetera a costa nuestra.

Justo hoy, es doce de la noche, vivo en un lugar que se considera tranquilo, como es costumbre, debo miccionar antes de dormir. Cierro mi oficina de estudio, dejo la laptop encendida para seguir bajando una aplicación que me ayudará en mi productividad, me dirijo al baño de visitas, justo al abrir la puerta veo una imagen terrorífica de alguien que creo conocer, pero ese alguien está muerto hace buen tiempo; al tratar de ver bien, Electro Oriente me juega una mala pasada, se va la luz y me quedo en oscuro. Por ahí escuché que debo abrir los ojos aun esté en la sombra más completa, porque siempre hay algo que ver. Abro los ojos y tengo el cuerpo helado, veo la misma imagen parada frente a mí, el rostro de un amigo muerto hace años me sonríe, la respiración se me entrecorta y la visión se me va poco a poco. La bombilla de la luz del baño se encendió de nuevo y con ella regresó también mi tranquilidad, ausculté el lugar; nada había cambiado, todo estaba igual, la oficina, la laptop y lo mejor de todo, esta terrible experiencia revivió mis miedos infantiles, el miedo a la noche, el miedo a que se te vaya la luz y uno no esté preparado para visitas inesperadas a media noche.

       Víctor Manuel Nieves Pinchi

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