viernes, 18 de octubre de 2013

Comentario de libro: "El árbol"



“EL ÁRBOL” COMO METÁFORA DEL DIVÁN

Hay que morder fuerte y ayudarse con todas las garras para poder subir por el rugoso entramado de “El Árbol” de Miuler Vásquez González. Fajarse y al mismo tiempo avanzar por la frondosidad del monólogo que pocas oportunidades le deja al lector para respirar y retomar el hilo.

Sin embargo, este árbol de palabras está nutrido con una savia densa en la que es posible identificar escenarios, situaciones, historias y, en medio de todo, un personaje anónimo hundido en un desesperado soliloquio.

No estamos pues ante cuadro mitológico. No nos pinta un reino de hombres mortales, u otro de gigantes o de enanos. Tunchis, chullachakis, pishtakos, yaras, yakurunas y otros seres invisibles del mundo amazónico no tienen sitio en esta frondosidad.

Evidentemente sí estamos en cambio ante un personaje que se agita mentalmente y avanza en su propia palabra hacia la resolución de algún drama. Estamos ante una voz que habla y habla del mundo, de su mundo, y en él, dentro de él, sobre las relaciones de poder, sobre las relaciones familiares, sobre su propios y ajenos dramas. Alguien que habla ocultando un dato secreto. Y a la búsqueda de ese dato, persistimos.

Simbólica y realmente estamos ante un hombre tendido en un diván colocado en la copa de un árbol. Originalísima metáfora de la cura psicoanalítica.

Avanzando por ese nudo de confesiones el lector va descubriendo fragmentos de vida, infancias traumadas, metáforas de diversas genealogías, perturbaciones, rasgos sociales e individuales.
Y el árbol erguido en medio de esas tragicomedias, también simbólicamente, permanece indemne, cobijándolas, protegiéndolas bajo su sombra y follaje.

Estamos ante la fábula de un hombre contemporáneo en un mundo que poco a poco va perdiendo sus marcas y referencias. Estamos dentro de un túnel, avanzando a ciegas, dando manotadas en la oscuridad.

Aun así, como en la fábula de Esopo, si persistimos en el empeño de entroncarnos en esa maraña de acontecimientos –relatados más que novelados-, puede ser que en el fondo de esa entraña el lector encuentre algo de miel.

Como en la leyendas de ciertos pueblos, a este árbol también lo mordisquean animales diferentes. Algunos hasta se extravían en sus ramas. Otros hacen guarida en su tronco. Esos insectos roen sus raíces, los fundamentos de la existencia, y produce sufrimiento.

Mirado desde la botánica no sabemos qué clase de árbol es. Observado desde la ficción Miuler Vásquez ha inventado uno muy singular para colgar de sus ramas historias en las que cohabitan múltiples generaciones nutriendo el sufrimiento de un hombre martirizado por los dramas de la existencia.

“El Árbol” de Miuler Vásquez cobija a un hombre de carne y hueso asediado por la desolación. Pero ya dije. Hay que morder fuerte y avanzar con todas las garras de un felino para llegar al corazón de esta historia. //

Escribe: Jorge Najar

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