sábado, 19 de octubre de 2013

Relato: El leñador

 

Muy cerca de un río que en los meses de verano tenía un color azul, dejando algunas orillas muy bajas donde pescaban con atarraya, se levantaba una casa de palmeras en medio de un diminuto pasto; ahí vivía don Rosendo y su señora Amelia. Estos tenían dos hijos, Antonio y Rosita, y todos los días los llevaban a la escuela, dos kilómetros río arriba. Al llegar la época de hacer chacra nueva, se hicieron planes para echar abajo el monte y así ampliar su terreno; con seis peones, iban avanzando hacia el monte alto; pero tras una larga faena don Rosendo les dijo:

―Quisiera que el lunes me vuelvan a ayudar, hasta entonces el rozo estará seco.

Los peones respondieron:

―Sí, don Rosho, vamos a venir, ya que doña Rosita nos atiende bien. Nos da chicha y masato, por qué vamos a faltar.

Al comenzar la semana, aparecieron los peones y comenzaron a derribar los árboles; a cada momento, doña Rosa desde su casa escuchaba:

―Palo vaaaaaaaaaaaaa.

Avisando la caída de un árbol, para que los demás tomaran sus precauciones. El trabajo seguía sin ningún contratiempo, pero aun cuando el aviso se escuchó, el palo al caer chocó contra una rama de estoraque, desviando su trayectoria. Después alguien gritaba; don Rosendo estaba muy cerca del lugar donde caería el árbol, aun cuando previno los malos hechos, el tronco ya estaba sobre él; los peones se quedaron quietos. Mientras, doña Rosa corría hacia el monte; reconociendo la voz de su marido, encontró a los hombres cortando las ramas para poder sacar a don Rosendo; pero este ya estaba agonizando. Lo subieron en una canoa y diez kilómetros río arriba, terminó muriéndose en una posta. Lo enterraron entre la casa y la chacra, que él estaba cultivando. Doña Rosa al ver el llanto diario de sus hijos tomó valor y les dijo:

―Hijitos no se preocupen, aquí todos somos sanos y fuertes. Toñito, tú te vas a encargar de las cosas que hacía tu padre, ya casi vas a cumplir once, tu padre te enseñó lo que sabía. A partir de mañana, te vas a la escuela con tu hermanita. Por la tarde, te irás a traer leña y tú Rosita, acarreas agua del río. Yo seguiré levantándome temprano a cocinar y después iré para la chacra, a traer comida para las gallinas y el chancho.
Los días pasaron afrontando la nueva realidad. De vez en cuando, doña Rosa iba a trabajar en el trapiche de don Shesha, para conseguir una chancaca. Los domingos, Toñito preparaba sus trampas en el monte; casi siempre atrapaba un conejo, un zorro, y a veces algún otro animal y Rosita ordeñaba la vaca todas las mañanas.

Una tarde, Toñito, como todos los días con machete y pretina, fue a buscar leña, pero antes, fue a revisar sus trampas; en una de ellas encontró un manacaraco y se dijo:

―Esto sí que es suerte. Primera vez que agarro este pavito, ahora solo falta la leña.
Cuando se disponía a leñear, un ruido llamó su atención, alzó la vista y vio que un grupo de pájaros comían una siamba, entonces recordó que una vez su padre llevó dos racimos y su mamá había preparado un rico chocolate.

―Cómo no vi esa siamba, ya está buena. Voy a tumbarla.

Le dio un certero machetazo y este rebotó del tronco.

―Pucha, no creí que fuera tan duro; pero de mí no vas a burlarte.

Volvió a intentarlo, y el machete rebotó y voló en dos pedazos. Toñito se puso triste al ver el machete roto, cogió los dos pedazos y se puso a llorar, pues ahora no tenía con qué leñear, ni con qué comprar otro machete. Cuando se disponía a regresar a su casa cogiendo el ave y lo que quedaba del machete, vio que por la trocha caminaba una mujer de pelo rubio. Toñito se dijo para sus adentros:

―¿Qué hace aquí doña Lucinda, si ella vive más abajo?

A medida que la mujer iba acercándose, logró distinguir que esa no era doña Lucinda. Esta era más alta, el cabello rubio y ensortijado, los ojos completamente azules y ya casi llegaba hasta él.

―Buenas tardes, señora.
―Buenas tardes ―contestó la desconocida.

Toñito con voz entrecortada le contó lo que había sucedido. La mujer le dijo:

―Recoge la leña cortada que está detrás de ese árbol, yo te daré un machete con el que podrás tumbar  la siamba; pero ten presente que a este no le sacarás filo nunca, porque ese día desaparecerá ―. La mujer se dio vuelta y recorrió el mismo camino por el que vino.
Toñito con mucha alegría, vio la leña cortada tras el árbol, cogió el machete nuevo y cortó la siamba como si fuera un queso. Arrancó los racimos, cargó la leña, el manacaraco y emprendió el camino de regreso. Al llegar, Rosita ya había terminado de llenar las tinajas con agua. Doña Rosa llegó por la noche con un atado de chancaca; cuando vio la siamba no podía creer que su hijo fuera capaz de cortar una, por lo que preguntó:

―¿Dónde encontraste la siamba?
―Cerca de mi trampa ―le dijo Toñito.
―¿Y cómo tumbaste el árbol?
―Con un machete que me dio una señora muy bonita.

Fue en ese momento que le contó lo ocurrido de la trampa, de la leña, de la siamba y de los ojos azules de la señora, esos ojos que no tenían ni la parte blanca, ni el iris, que solo eran azules. Doña Rosita quedó pensativa y después de un rato dijo:

―Ha sido un ángel, y ojalá no nos abandone.

El machete que podía cortar cualquier cosa le hizo la vida más fácil a Toñito.

Después de cuatro años invitó a sus amigos de colegio a su casa. Uno de ellos, pensó en sacarle filo al machete, pero cuando tocó la piedra, este desapareció. Todos se asustaron; entonces, Toñito relató la historia del machete. Uno de sus amigos le dijo:

―Con razón podías hacer todo lo que decías, porque con un machete así, era imposible que te impidiera cortar cualquier árbol.

El leñador / Extraído del libro "Amasisa"
 Escribe: Jorge M. Rodríguez Meléndez

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