sábado, 19 de octubre de 2013

Relato: Recuerdos


     
Recuerdo claramente el día en que dejamos la chacra para venir a vivir a Moyobamba y acudir a la escuela. Yo tenía doce años de edad, era el segundo de seis hermanos. Todos habíamos nacido en la chacra. Mi padre me pidió que trajera la canoa que se encontraba al otro lado del río Indoche para poder chimbar mientras mi hermano mayor se encargaba del caballo.

En esa época no era usual que los jóvenes usáramos calzoncillos, y para poder nadar al otro lado del río tenía que quitarme la ropa. Pero ese no era todo el problema; lo más difícil para mí se encontraba en la presencia de algunas vecinas que venían en nuestra compañía, especialmente Elena, y que eran de mi edad aproximadamente. Pensar que me tenía que quitar el pantalón en su presencia significaba para mí algo realmente vergonzoso. Pero pensar en la posibilidad de desobedecer una orden de mi padre, era algo inimaginable. No había opción. Me armé de mucho valor y lo hice. Caminé con paso firme… sin mirar atrás. Creí escuchar risas, murmullos… Llegué al río, me arrojé y me puse a nadar haciendo gala de ser un gran nadador, sobre todo para impresionar a Elena, a mi querida Elena que yo sabía me estaba observando.

Llegamos a Moyobamba muy ilusionados y ansiosos de ir a la escuela. El primer día de clase fue estupendo. Fuimos con ropa nueva, pero sin zapatos, aunque eso casi no nos importaba. Pero lo que realmente me importaba era estar cerca de Elena, mi querida Elena. Mirarla, sentirla cerca, escucharla; contemplar sus ojos, aquellos negros ojos que iluminaban y alegraban mis días; su risa, que era como el canto de los ángeles; su cabello ondulado que caía sobre un hermoso cuello, por el cual cuántas veces había imaginado que mis labios se deslizaban. Sí… realmente la amaba.
Pasaron los días. La escuela ya no era agradable para mí porque el profesor me castigaba mucho. Éramos muy pobres y mis padres no nos compraban lápices ni cuadernos cuando se nos terminaban. Tenía que trabajar para cubrir algunos gastos y casi no me quedaba tiempo para cumplir con las tareas asignadas por el profesor. Una vez nos hizo buscar el significado de algunas palabras en el diccionario. En casa no lo teníamos y no nos alcanzaba el dinero para comprarnos uno.

―Papá, no quiero ir a la escuela. No hice la tarea y el profesor me castigará ―supliqué.
―Tienes que ir. Si te castigan, te aguantas. Pero no debes faltar a la escuela ―respondió mi padre.

Pensando engañar al profesor, me puse a desarrollar la tarea.

Al día siguiente, el profesor me llamó para leerla:

―Tú, Enrique, lee el significado de las cinco primeras palabras que dejé como tarea ―ordenó el profesor.
―Está bien, profesor ―respondí algo nervioso.

Empecé a leer:

―Manufactura: acción de manufacturar.
―Audiencia: acción de audiencia.
―Estaciones: acción de estacionar.
―Adobe: acción de adobar.
―Gobierno: acción de gobierno.

Escuché las risas de mis compañeros. El profesor muy molesto preguntó:

―¿Pero, qué es esto? ¿En qué diccionario encontraste esos significados?

No respondí. Estaba muy asustado.

―¿Crees que soy tonto? Ahora te voy a enseñar a ser responsable.

Recibí la paliza más fuerte de todo el año. Odié la escuela, odié al profesor y odié a mi padre.
Pero yo hubiera soportado esa y otras palizas más. Lo que realmente no podía soportar era la indiferencia de Elena. Ella era la única razón por la que yo acudía a la escuela, sólo para verla y tenerla cerca. Ahora ya no me miraba, no me hablaba, sólo tenía ojos para él, para Fidel. Éste le llevaba regalos; usaba zapatos y ropa elegante; le hacía copiar las tareas porque él tenía muchos libros.

Dejé de asistir a la escuela, ya no tenía razones para ir. Prefería trabajar: algunos días iba al aeropuerto a cargar equipajes de algunos  pasajeros; otros, iba  al puerto  de Tahuishco con mi caballo para transportar alguna carga que por allí aparecía.

En alguna oportunidad, pasaba por la escuela y la veía. Seguía siendo tan hermosa, pero no me amaba, y eso era una de las tantas cosas que yo tenía que aprender a medida que iba creciendo.
Ahora todo ello forma parte de mi pasado, un pasado que a pesar que estuvo lleno de pobreza y sinsabores, también tuvo momentos gratos y llenos de felicidad, como aquel amor de juventud: Elena, quien siempre vive en mi memoria. Recuerdo con mucho amor aquella risa, aquellos labios que siempre me sentí tentado a besar, aquella mirada que era como una invitación al Paraíso… Ahora sé que ella siempre ocupará un lugar en mi corazón.

Relato extraído del libro “Lamento de la selva”, Trazos  / 2013
Autora: Elsa Angulo Vásquez

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