jueves, 14 de noviembre de 2013




Juana de Ibarbourou (1895-1979)
Escribe: Oswaldo Gonzaga Salazar


Obras
Poesía. "Lenguas de diamante" (1919), "Raíz salvaje" (1920), "La rosa de los vientos" (1930), "Perdida" (1950), "Azor" (1953), Mensaje del escriba (1953), Elegía (1968), La Pasajera (1968).

Prosa. "Cántaro fresco" (1920), "Ejemplario" (1928), "Loores de Nuestra Señora" (1934),
"Canto Rodado" (1958), "Juan Soldado" (1971).

Semblanza biográfica 

Después de usar diferentes seudónimos, Juana Fernández Morales, adopta definitivamente, en la presentación de sus obras, el apellido de su esposo; pero es más ampliamente conocida como Juana de América, denominación consignada por el escritor y crítico literario mexicano Alfonso Reyes, en su consagración oficial en Montevideo y "Juana de las Américas" en Nueva York, en 1953.

Nace en Melo, Uruguay, donde cursó sus primeros estudios. Una vez casada se establece en Montevideo. Publica en Buenos Aires su primer libro "Lenguas de diamante". Después de un prolongado silencio irrumpe con la publicación de "Perdida" y después "Azor".

Perteneció a la Academia Nacional de Letras.

Fue la presidenta de la Sociedad Uruguaya de Escritores, en 1950.

En 1955, su obra obtuvo un premio otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, y en 1959, recibió el Premio Nacional de Literatura. Fallece el 15 de julio de 1979.





Obra poética

Gloria de la letras uruguayas, cosechó los más grandes galardones literarios en su larga vida. Sus méritos son tales que son suficientes como para considerarla un clásico de la literatura americana. Su poesía se pasea por todos los ámbitos nacionales e internacionales. Tal fue la evolución de su lírica y la novedad original y a la vez sencilla de su lenguaje, que confieren a su poética esa autonomía simbólica que define a la mejor literatura. Toda su poesía trasunta el sentimiento de amor y la sensualidad que brinda la naturaleza reverberante a un ser joven y lleno de vitalidad. Asume el gozo de vivir expresando un panteísmo lírico como en "Las cuatro alas de abeja" en donde se da la sensualidad de la carne y las imperiosas urgencias de un Eros no empeñado por las sombras del pecado:

He vuelto de la cita con cuatro alas de abejas
prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas
doradas y bermejas.

Milagro como el de la barba de Dionisos,
el dios de acento dulce! La barba de Dionisos
que tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.

Tus labios en mis labios derramaron su miel
y brotaron las alas. Derramaron su miel
y tuve las dulzuras de un panal en la piel.

No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven.
Mas las siento en la boca. Las alas no se ven,
mas a veces, ¡prodigio!, vibran hasta en mi sien.

Y más adentro aún. Las dulces alas vibran
hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran
y a mi alma de toda angustia y pena libran.

Mas si un día dejaran de aletear y zumbar...
si se hicieran ceniza... Si cesara el zumbar
de las alas que hiciste en mis labios brotar...

¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de
    /queja
brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja
en lugar de las alas transparentes de abeja!

"Castísima desnudez espiritual", sentenció don Miguel de Unamuno. Poesía que expresa el goce de vivir, el fervor de la naturaleza y la pasión del amor.

El júbilo de la pasión erótica está tan bien expresada en las refulgentes imágenes del poema "La hora", que la reclama como una impostergable urgencia de amante, que parece quemar de pasión los instantes en un ahora que pretende hacerlo eterno.

La hora

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora , que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.
Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.
Después...¡oh, yo sé
que nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?


Sin embargo en ocasiones este intenso placer y goce de vivir se ven obnubilados por la soledad, la desazón y el abandono, arrancándole versos al mismo "Silencio", como lo demuestra el poema que lleva ese nombre, cuando medita algunas veces casada y alejada del mundo.

Mi casa tan lejos del mar
Mi vida tan lenta y cansada
¡Quién me diera tenderme a soñar
una noche de luna en la playa!
Morder musgos rojizos y ácidos
y tener por fresquísima almohada
un montón de esos curvos guijarros
que ha pulido la sal de las aguas
Dar el cuerpo a los vientos sin nombre
bajo el arco del cielo profundo
y ser toda una noche silencio
en el hueco ruidoso del mundo.

La evolución de su poética asociada a sus obras publicadas constantemente han sido estudiadas por la crítica literaria como simbolizando las cuatro estaciones del año y como cuatro estaciones de la vida misma; y así sería:

1. Infancia. Una mañana de primavera. "Lenguas de diamante".
2. Juventud. Un medio día estival."Raíz salvaje”.
3. Madurez. Un atardecer de otoño. "La rosa de los vientos".
4. Vejez. Una noche invernal. "Perdida", "Azor".

Uno de los poemas que más la caracteriza es "La higuera", de "Raíz salvaje". Allí está pintada Juana de cuerpo entero. La pericia formal combinada con un tema inminentemente rústico y campesino de profundas raíces humano-divinas se dejan traslucir, con esa ingenuidad y pureza virginal del monte, pero que al final sugiere y trasciende espiritualmente.

La higuera

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos, que nunca
de apretados capullos se viste...

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
"Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto".

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡que dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
"Hoy a mí me dijeron hermosa".


La poética sencilla, vital y espontánea no caló con influencia vanguardista y ese experimento a todas luces resultó frustrante. En “La rosa de los vientos” ya no hay connotaciones sexuales obvias. Sus versos ya no son fáciles, sus pensamientos alambicados; se oscurece en imágenes y cada vez aparece con más frecuencia y dolorosamente, “el búho pesado del tiempo”, que todo lo engulle y devora. Eso observamos en “Perdida”, “Azor”. El título del primero lo dice casi todo. La intuición ha dejado paso a la reflexión sobria y exclama:

No tengo fuerzas para arrancar el ancla
Y salir al encuentro del barco perdido.
Una mano ha echado raíz sobre la otra mano.
Los ojos se me cansan por los horizontes vacíos.
Siento el peso de cada hora
Como su racimo de piedra sobre el hombro.
Ah, quisiera ya librarme de esta cosecha
Y volver a tener los días ágiles y rojos.

En “Vida garfio”, quizás el más doloroso de sus poemas, la mujer que tanto amó la vida, la naturaleza, las fuentes, los ríos, no se resigna a la muerte ni a su confabulado, el tiempo. Su lucha ha sido siempre esa: “La lucha de mi carne por volver hacia arriba”. “Arrójame semilla –clama– por la parda escalera de las raíces vivas / Yo subiré a mirarte en los labios morados”, termina en su diálogo final con el “amante”.


VIDA - GARFIO

Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente

A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
Yo subiré a mirarte en los lirios morados.//

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