miércoles, 13 de noviembre de 2013

Personaje ilustre: Máximo Gorki


Máximo Gorki – 1868-1936
Escrito por Oswaldo Gonzaga Salazar


Obras 
Narrativa. “Una confesión”, “Tres hombres”, “El mujik”, “Foma Gordieff”, “El espía”, “El juez”, “Cuentos de dos países”, “Mi infancia”, “En el mundo”, “Mis universidades”, “Recuerdos de Tolstoi”, “Fragmentos de mi diario”, “La madre”, “La casa de los Artamonov”
Teatro. “Bajos fondos”, “Los pequeños burgueses”.

Semblanza biográfica 

“Gorki”, el amargo, seudónimo de Alexéi Maximóvich Peshkov, nace en Nigni (Rusia). De familia humilde y huérfano a muy temprana edad. Fue vendedor ambulante, aprendiz de zapatero, ayudante de cocina. Se inicia en literatura con cuentos de factura romántica con personajes que eran héroes rebeldes luchadores contra el régimen dictatorial establecido. Sus primeras obras, las teatrales, le otorgaron fama internacional.

En 1902 fue nombrado miembro de la Academia y al poco tiempo expulsado por el gobierno de turno. Chejov y Korolenki protestaron y se retiraron demostrando su solidaridad.

Su simpatía y activismo marxista motivaron su internamiento en prisión (1906) Liberado después se traslada a la Isla de Capri (Italia), adonde acuden los refugiados y los apoya. Fruto de estos avatares surge la novela “La madre” (1907).

En 1914 funda el diario “Anales”.

 Es nombrado Ministro de Bellas Artes. Son épocas en que acoge con gran entusiasmo la revolución de octubre. Con el nuevo régimen logra la traducción al ruso y publicación de grandes obras de la literatura mundial.

A causa de su salud debilitada se traslada nuevamente a Capri.

Sus últimos años los dedicó a apoyar y promocionar a los escritores ruso-socialistas y a los grandes cambios sociales.

En 1932 rebautizaron con su nombre a su ciudad natal, en honor a sus aportes a la revolución.
Muere en Moscú en 1936.





Análisis de “La madre”

La crítica literaria rusa la llegó a considerar como “Monumento de su época” y catalogada como símbolo emblemático de la revolución de octubre.

Pero hay tanta vida en los personajes principales como la hay tan poca en los secundarios que estos resultan un tanto esquemáticos, de la que se deduce que está hecha orientada a una sólida conciencia revolucionaria que es el trasfondo poético. Y así lo vio Lenin, a tal punto que afirmó: “La madre ha conseguido más adeptos al partido que todos mis escritos”.

Todas las limitaciones y defectos de la novela quedan atrás ante la intensidad patriótica y el sacrificio heroico del personaje femenino que cautiva a la inmensa mayoría del pueblo ruso. Con “La madre”, Gorki termina su primer periodo de escritor turbulento y romántico.


Argumento 

Pavel, hijo mayor de Pelagia Vlaslov subsiste en un hogar cerrado por la pobreza y la miseria y toda clase de privaciones, las que se ven agravadas por un padre alcohólico, irresponsable, con trabajos ocasionales, creando un estado de inestabilidad y zozobra en casa, sobre todo debido al maltrato que le da a Pelagia, ofendiéndola a cada momento en una irracional vida de perros, que la ofende verbalmente y en ocasiones pasando del feroz insulto a los golpes. A su muerte, Pavel, el hermano mayor, apoya a la familia que el padre fue incapaz de sustentar. La casa del joven obrero comienza a ser frecuentada por conocidos y amigos que simpatizan con el movimiento revolucionario. Pavel termina abrazando esta causa y se decide a trabajar con propaganda marxista.
Al comienzo Pelagia no lo ve muy claro. Paulatinamente surge de su interior un sentimiento libertario y de derecho a la vida, algo que chocaba también con el accionar despótico que tuvo su marido que la relegó en una sociedad patriarcal y machista.

Pero la policía le sigue los pasos y la captura en plena acción en otra ciudad. Es maltratada física y verbalmente  en presencia de la gente con el fin de escarmentar y sembrar el miedo. La madre se convierte en una mártir de la libertad y la revolución. Hay mucho idealismo moral y más el que ella despierta con su heroico ejemplo.//


La madre (fragmento)

Sintió un golpe en el pecho. A través de la bruma que velaba sus ojos, vio ante ella al oficialito que con la cara roja y congestio­nada, le gritaba:
―¡Lárgate, vieja!
La mirada de Pelagia descendió hacia él; vio a sus pies el asta de la bandera partida en dos, en uno de los trozos quedaba unido un jirón de tela roja. Se bajó y lo cogió. El oficial le arrancó el  madero de las manos, la tiró hacia un lado y gritó golpeando el suelo con el pie:
―¡Te estoy diciendo que te largues!
De entre el pelotón de soldados, un canto brotó y creció:
―Arriba, los pobres del mundo...
Todo pareció girar, vacilar, estremecerse. El aire silbaba como en los hilos del telégrafo. El oficial dio un salto y gruñó furioso:
―¡Hágalos callar, ayudante Krainov!
Titubeando, la madre se acercó al jirón que el teniente había tirado y lo recogió de nuevo.
―¡Ciérreles el pico!
La canción se embrolló, se entrecortó, desgarrándose y apa­gándose. Alguien cogió a la madre por los hombros, le hizo dar media vuelta y la empujó hacia adelante...
―Vete, vete...
―¡Limpien la calle! ―gritó el oficial.
La madre vio, a unos diez pasos, una multitud de nuevo compacta. La gente rugía, gruñía, silbaba y, retrocediendo lenta­mente hacia el fondo de la calle, se esparcía por los patios vecinos.
―¡Vete, demonio! ―dijo en su oído un joven soldado bigotudo, llegando al lado de ella, y la empujó hacia la acera.
Pelagia se fue, apoyada en el trozo de asta, las rodillas doblán­dosele. Para no caer, se agarraba con la otra mano a las paredes y las vallas. Ante ella, las gentes retrocedían, y tras ella y a su lado, los soldados avanzaban gritando:
―Vamos, vamos...
La dejaron atrás, y se detuvo mirando a su alrededor. Al extremo de la calle, en un cordón espaciado, los soldados perma­necían estacionados, cerrando el acceso a la plaza desierta. De­lante, las siluetas grises caminaban sin prisa sobre la multitud.
Ella quiso volver sobre sus pasos, pero, sin darse cuenta, continuó avanzando; al llegar a una callejuela, estrecha y vacía, se metió por allí.
Volvió a pararse. Suspiró profundamente y prestó oídos. En alguna parte zumbaban voces.
Siempre apoyada sobre su trozo de asta, se puso de nuevo en marcha, moviendo las cejas. De pronto, su frente se humedeció, removiéronse sus labios, se agitó su mano. Una oleada de palabras brotó en su corazón, se acumuló en él y encendió en la madre un deseo ardiente, imperioso, de gritarlas...
El callejón torcía bruscamente a la izquierda; la madre vio un grupo denso y bastante numeroso del que se elevaba una voz fuerte:
―¡Por una chiquillada, muchachos, no se desafían las bayone­tas!
―¿Los visteis, eh? Los soldados cargan sobre ellos, y ellos ni moverse. Los chicos no saben qué es miedo.
―El Paul Vlassov es todo un tipo.
―Y el Pequeño Ruso.
―¡Qué animal...! Las manos a la espalda, sonriendo...
―¡Amigos! ¡Buenas gentes! ―gritó la madre, abriéndose ca­mino entre ellos.
Le abrieron paso con deferencia. Alguien se echó a reír:
―¡Mirad, lleva la bandera! ¡La tiene en la mano!
―¡Cállate! ―dijo alguien con severidad.
La madre abrió los brazos de par en par.
―¡Escuchad, por el amor de Cristo! Vosotros sois de los nuestros... Sois todos gentes de corazón... Abrid los ojos, mirad sin temor, ¿qué ha pasado? Nuestros hijos, nuestra sangre, se alzan por la verdad, ¡por todos! Por vosotros y por vuestros hijos se han condenado al camino del Calvario... Buscan los días de luz... Quieren otra vida, en la verdad, en la justicia. Quieren el bien de todos.
Su corazón se desgarraba, sentía el pecho oprimido, la garganta seca y febril. De lo más hondo de sí misma nacían las palabras de un inmenso amor que abrazaba todas las cosas y todos los seres, palabras que le quemaban la boca y se atropellaban cada vez con mayor fuerza y facilidad.
Vio que la escuchaban, que callaban. Comprendió que, alrede­dor de ella, reflexionaban, y sintió crecer un deseo del que ahora tenía plena conciencia: el de impulsarlos más allá, hacia su hijo, hacia Andrés, hacia todos los que habían abandonado en manos de los soldados, hacia quienes habían dejado solos.
Paseando la mirada sobre los rostros sombríos y atentos, conti­nuó con dulzura y fuerza:
―Nuestros hijos van por el mundo hacia la alegría, por el amor de todos, por el amor de la verdad de Cristo; marchan contra todas las cosas por medio de las cuales los malvados, los mentirosos, los ladrones, nos tienen aprisionados, nos encadenan, nos aplastan. ¡Amigos, nuestra juventud se ha levantado por todo el pueblo, nuestra sangre se alza por el mundo entero, por todos los obreros que en él viven! ¡No les abandonéis, no reneguéis de ellos, no dejéis a vuestros hijos que sigan el camino solos! Tened piedad de vosotros mismos. Tened fe en los corazones de vuestros hijos, ellos han hecho nacer la verdad y mueren por ella. ¡Tened fe en ellos!
Su voz se quebró, vaciló, al límite de sus fuerzas, y alguien la sostuvo por los brazos.
―¡Es la voz de Dios la que habla! ―exclamó alguien, con acento emocionado y velado―. ¡Escuchad la voz de Dios, buenas gentes!

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