miércoles, 13 de noviembre de 2013

Relatos: Francisco Izquierdo Ríos



JUVENTUD

Fue una tarde, junto a unas rosas y azucenas, en la huerta. Te decía que te amaba hasta la muerte. Y tú me decías lo mismo.
Cuando, cambiada, con veleidad de nube, de viento: “Tu pasión es mentira ―me hablaste. Todo es fuera de los labios”.
Te interrogué... Permanecías callada.
Comprendí: Caprichos de mujer amada.
Y te supliqué una reconciliación.
―¡No! ―respondiste.
Y entre las flores, como otra flor, estabas llorando.
Iba a partir... Y rápida, cogiéndome de la mano, me cerraste el paso.

En un limonero, oculto, se reía el dios de los amores.

DON REMBERTO

Con su delgada figura, ganchuda nariz y vivaces ojillos parece ave de rapiña don Remberto; una de esas viejas aves de rapiña impotente ya para la lucha, para lanzarse con vigor sobre su presa, pero que no, por ello, deja de tener latente su mala entraña.
Ochenta años han blanqueado totalmente su cabello y sus cejas espejas. Viste siempre de negro. Todo el día deambula por la ciudad, torpemente, con los brazos caídos, semejante en verdad a un raro pajarraco.
―¿Qué hace usted tan temprano, don Remberto? -le pregunta alguien encontrándole parado en una esquina, al amanecer.
―Aquí, pensando a quien hacer daño hoy -contesta el viejo mefistofélico.

De “Mi aldea - pequeñas prosas”, de Francisco Izquierdo Ríos (1910-1981).


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