miércoles, 5 de noviembre de 2014

Opinión: Los roles del arte y el escritor



Desde muy antiguo se afirma que el arte debe cumplir dos fines: divertir e instruir. El primero es necesario para el regocijo de los espectadores, oyentes y lectores, que bajo ninguna circunstancia se merecen una obra tediosa, insoportable, aburrida; y el segundo es una forma de agradecimiento hacia ellos, un aporte que nace del espacio más generoso y solidario de los artistas.
Si examinamos las obras más reconocidas a lo largo de la historia, podremos apreciar que todas ellas contaban con ambos elementos. Así, y ciñéndonos al campo de la literatura, podemos citar “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, novela máxima que refleja fielmente a los soñadores y los materialistas, esos dos modelos de hombres y mujeres que nos acompañan a cada paso; y que también introduce a la narrativa el concepto del coro polifónico, que consiste en dotar de voz propia a los personajes; “Cien años de soledad”, obra cumbre del realismo mágico que nos permite conocer, con precisión, los múltiples matices y gradaciones de soledad que rigen las conductas humanas, y que además emplea una técnica impecable, que pese a estar llena de magia de principio a fin, no tiene más asidero que la realidad cotidiana; “La tregua”, de Mario Benedetti, una novela repleta de humanismo y valores positivos, que además nos hace sentir como un bloque de hielo al que un certero hachazo ha partido en dos, con precisión y brutalidad, pero que a raíz de ese golpe puede disfrutar de un mundo a la vez sublime y triste; “Los hermanos Karámazov”, escrita por Fiodor Dostoievski, aquél hombre en el que todo era una constante lucha, y que quizás por eso mismo ha podido legarnos un vasto abanico de personajes con psicologías tan profundas, peculiares y universales.
Educar y entretener son asimismo, como una lógica consecuencia, los roles del escritor. Aunque parezca contradictorio, el apartarnos de la realidad para navegar libremente sobre la vasta atmósfera de la lectura, hace que amemos más la vida y a nuestros congéneres, y es la única forma de entender que el mundo no marcha bien, que se dirige a su destrucción.
Estas palabras no son exageradas. Una no tan detenida observación a la forma en que se comportan los niños, jóvenes y adultos de hoy, nos permitirá ver que se ha privilegiado el disfrute del placer efímero y falaz, como dice Mario Vargas Llosa; ese placer que consiste en buscar la felicidad inmediata, sin una gota de esfuerzo. Y eso ocasiona que los seres humanos de hoy no disfrutemos el proceso de hacer las cosas bien, de dar lo mejor de nosotros en cada uno de nuestros actos, o de vivir con la esperanza de concretar esos sueños que se van realizando poco a poco, a lo largo de toda la vida.
Creemos que estar conectados a las redes sociales, o que utilizar los celulares o los aparatos electrónicos todo el día y a cada instante son la felicidad plena. Tan convencidos estamos, que hasta las conversaciones han reemplazado en gran medida la magia y naturalidad de la voz, por unos dedos veloces que no transmiten inflexiones, gestos o expresiones.
¿Cuántos de nosotros, los pucallpinos, mantenemos aún el hábito de sacar las mecedoras afuera de las casa, observar la luna y las estrellas, y contar historias?, ¿o cuántos dedican tiempo a conversar con sus padres o madres sobre temas que van más allá de lo cotidiano?, ¿cuántos se animan a conocerlos un poco más, a afianzar los lazos comunes y entender sus dichas y tribulaciones? ¿Cuántos todavía disfrutan de caminar por las tardes, al caer el sol, con los celulares apagados y sin más distracciones que el paisaje que nos rodea?
A la desaparición de estas costumbres debe sumarse la pérdida progresiva de los valores y la práctica de un individualismo a ultranza, hasta el extremo de creer que podemos elegir a nuestro antojo hasta nuestras orientaciones sexuales, y que podemos y debemos atacar a aquellos que opinan lo contrario. Debemos reconocer que todos hemos contribuido a crear la realidad en que vivimos. Pero, lamentablemente, parece que no podemos encontrar una solución.
Considero que no debemos pensar únicamente en la satisfacción de todos y cada uno de nuestros apetitos, pues eso nos conducirá al desamparo personal, a una existencia vacía, carente de sentido. Reflexionemos en que una vida así conduce al libertinaje más puro, y que todo lo que hacemos deja una huella, tanto en nosotros como en aquellos que nos rodean. Pensemos que nuestros niños, aquellos seres que están formando sus personalidades, absorben todo lo que les ofrecemos, sin poder filtrar lo malo. Por tanto, toda la influencia que reciben de nosotros se quedará grabada en sus memorias, y será la encargada de moldear el futuro.
Como reflexión final quiero instarlos, queridos amigos, a luchar por un único y elevado objetivo: dejar este mundo en mejores condiciones de lo que lo encontramos.//
(Oscar Barreto Linares)

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