lunes, 23 de febrero de 2015

Carnalidad amazónica



Escribe: Ricardo Gonzáles Vigil

En su versión correspondiente al 2013, el importante Premio de Novela Corta  que otorga el Banco Central de Reserva del Perú ha dado a conocer a un nuevo narrador verdaderamente fuera de serie: Juan Ochoa López (Lima, 1965).
Hasta ahora había publicado ensayos y textos periodísticos pero he aquí que, cerca de los 50 años de edad, debuta como novelista con una obra madura artísticamente: “El Amor Empieza en la Carne”. El esplendor de su prosa sensual, lujuriosa no sólo por su léxico desinhibidamente erótico, sino por el ritmo orgiástico de sus frases y peripecias, todo sazonado con una carga humorística liberadora de censuras y tabúes, únicamente admite comparación, en las letras peruanas, con los dos grandes exponentes del universo afroperuano, Antonio Gálvez Ronceros y Gregorio Martínez y, sobre todo, dada la ambientación amazónica que comparten, con la novela “La Virgen del Samiria” de Roger Rumrrill.
Como en esos tres escritores mencionados, en Ochoa López actúa la inmersión en una cosmovisión distinta del racionalismo occidental moderno, asumiendo lo que Carpentier denominó lo real maravilloso. A diferencia de Gálvez Ronceros, Martínez y Rumrrill, Ochoa no lo bebió “en la leche materna” (para usar una expresión del Inca Garcilaso) sino siendo una persona adulta conquistada por una mujer  selvática que, de algún modo, lo “bautiza” como una nueva persona, integrándolo a la cosmovisión amazónica.
Erlita le advierte que no podrá comprenderla cabalmente: “Tú no crees en esas cosas, limeño pues eres y, más encima, estudiado y leído (…) Acá no estamos en Lima, aquí vivimos parados sobre el misterio” (p.11)
El limeño Juan descubre embelesado una visión del mundo diferente a la occidental: “En la selva peruana, todo hombre vive dos biografías simultáneas, la vital y real cuando está despierto y la vida onírica cuando duerme y ronca. Por eso, para que una mujer amazónica te ame, primero tiene que soñarte. Dormido es cuando el demonio de los ríos, el inquieto yacuruna, se te presenta y te dice para qué diablos has nacido, por donde debes andar, qué bacteria infecta tu intestino y qué hembra te conviene como esposa. En la selva, el sueño es médico, es receta y es luz. Todo lo descubres cuando duermes y de solo descifrar, soñando, los secretos de la amarga existencia, hasta te orinas de alegría o de pavor como cuando eras niño” (p.12).
Recordemos que en su gran novela poética “Las Tres Mitades del Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía”, César Calvo consagra a la experiencia chamánica de la ayahuasca como medicina y visión iluminadora. En la novela de Ochoa el sueño cumple además una función reveladora; pero también no deja de acudirse al curanderismo en las escenas en que el marido muerto de Erlita se venga furioso de ella y de Juan, quienes se defienden con recursos realmaravillosos.
En dicha cosmovisión la muerte no importa, porque se sigue existiendo en otro plano; lo que sí destruye demoledoramente es saberse traicionado por el ser amado: “Sólo ellos (los selváticos) saben matar a la muerte, Juan, porque no les interesa como a nosotros el seguir existiendo y perpetuarse en la vida. Ellos ríen cuando la muerte se les acerca en el bosque (…) ellos ya son fantasmas que caminan en le bosque amazónico del Perú, pues está muerto el humano que no es amado por nadie” (p.88) a topar sus gallos con animales salvajes.//

Fuente: El Comercio / (Marzo 31-14)

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