martes, 24 de febrero de 2015

Cuento: Una asesina menos

Una asesina menos

Autor: Oscar Barreto Linares*

Es el río infinito
Todo de sangre
Todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vivido…
Martín Adán

Con los primeros rayos del sol y calzada con unas polvorientas sandalias de jebe, una humilde mujer de campo llegó hasta el informal mercado de Bellavista, en donde se encontraba la esposa de Lotario Pashanashi, haciendo las compras del día. Apretó sus brazos con firmeza y la miró fijamente.
—Hemos encontrado el cuerpo- dijo.
Lotario estaba cerca a la veintena de días de desaparecido. Un domingo cualquiera, se levantó con inusual sigilo. Su ropa húmeda testificaba que sudó mientras dormía, quizás por el calor, o quizás por ese temor que lo invadía desde hace unos días, pues se sentía observado y perseguido, como un venado amenazado por un otorongo.
En silencio y con signos de preocupación en los ojos, se vistió como siempre lo hacía para ir a la chacra: con su pantalón de dril, su camisa de poliéster, sus botas de jebe, su machete y su mochila descolorida. Se despidió de su mujer y sus hijos, pero sin proferir palabra. Abrió la puerta, y partió.
Faltaban tres días para su trigésimo cumpleaños.
La policía del sector me contactó apenas me gradué como detective. Necesitaban ayuda.
Los efectivos policiales me pidieron que investigue porqué a este infortunado hombre, sin enemigos conocidos o secretos, lo vaciaron por completo. Alegre porque mis contactos me consiguieron mi primer caso oficial, no dudé en aceptar. Trepé a mi motocar y crucé el polvoriento distrito de Manantay, hasta llegar a la morgue regional. Cuando me constituí, encontré un cuadro horrendo: el hombre fue cortado con una sierra, desde el cuello hasta el ombligo, y abierto como una vaca en un camal; la piel de sus brazos, además de haber perdido todo el color, estaba llena de una innumerable cantidad de globos de aire; y del rostro se extrajo hasta el último gramo de carne y de cabello. Tenía además otro corte, que iba desde la axila derecha hasta las costillas, seccionadas con furia.
La única pista sobre él o los culpables era una cinta amarilla cosida al pantalón, con dos elegantísimas letras de color negro, bordadas en French Script:




Las evidencias narraban que Lotario Pashanashi fue torturado a más no poder, obligado a permanecer arrodillado, suplicante y con las manos asidas a una viga de madera que pasaba por detrás de su nuca. Una vez que hubo muerto y que de su interior se extirparon todos sus órganos, fue hundido en las caudalosas aguas del río Ucayali y liberado al cabo de unos días, para que continúe su enigmático viaje sin retorno.
Ya sabíamos el cómo, pero faltaba conocer el porqué, o el quién. A decir verdad, no me hubiera gustado saberlo.
—No te metas en esto—, me dijo mi mujer, que parecía presentir algo. Decidí no hacer caso a su advertencia. Aunque antes resolví otros casos, por vez primera iba a atender uno de manera formal, y necesitaba incrementar mi fama de buen investigador.
En los días siguientes entrevisté a familiares, amigos, conocidos y a los desconcertados agricultores que tenían su parcela al costado de la de Lotario Pashanashi, mas nadie sabía nada. Algunos decían que éste no apareció por ahí ese domingo cualquiera, pero otros sostenían que sí, que sí lo vieron, y que incluso conversaron con él.
En su pequeña choza con techo de irapay, encontré una olla con yucas fermentadas y restos de diferentes pescados, que demostraban que Lotario estuvo ahí unas semanas antes. Las yucas eran devoradas por las temidas tangaranas. Todo lo demás estaba en orden, salvo una tarjeta personal que fue arrojada al suelo y estaba cubierta de polvo. En ella resaltaba una carita sonriente y unas esperanzadoras palabras: “los ángeles médicos”.
También conocidos como médicos de Dios, se trataba de un grupo de doctores cuyas presuntas habilidades comenzaron a difundirse como reguero de pólvora. De un tiempo a esta parte, por uno y otro lado de la ciudad aparecieron esporádicos testimonios de curaciones milagrosas y de cirugías tan avanzadas que superaban a las de la cultura Paracas: no requerían de ninguna incisión para trasplantar con éxito un corazón. Sin embargo, lo más insólito era que estos médicos operaban en plena oscuridad. Nadie podía verles el rostro.
Tampoco podían indicar con exactitud dónde atendían los tan prodigiosos médicos, o dónde se encontraba tan fantástica clínica. Tan solo sabían, por oídas, que para llegar había que recorrer un camino lleno de dobleces y curvas, y que el lugar estaba muy lejos.
La policía y yo decidimos intervenir. A las once de la noche, los esperé en la esquina de un parque solitario. Dos sujetos se acercaron a mí por la espalda y me vendaron los ojos. Me subieron a un destartalado motocar, y sin hacer ruido alguno, partimos hacia el lugar. Una vez allá, me introdujeron en una casa sin ventanas, en la espesura del bosque. Una voz varonil me instó a ingresar y me ordenó esperar. Al cabo de unas horas, el mismo sujeto me condujo a un salón contiguo. No se veía ni un carajo, tan solo se distinguían voces. Tres voces. Una de ellas comandaba a las demás, por lo que fue a esa a la que me acerqué y cogí del pescuezo. Luego hice la señal convenida a la policía: un disparo al aire.
Descubrimos que los ángeles médicos eran en realidad un grupo de doctores que fueron expulsados del Colegio Médico, y que en venganza optaron por convertirse en errantes traficantes de órganos. Elegían pueblos muy distantes entre sí, para operar con impunidad. Contaban con el apoyo de cuatro jóvenes, que reclutaban en cada lugar a donde iban y que, bajo la promesa de grandes ganancias, se encargaban de conseguir a las víctimas. Estos jóvenes también se encargaban de esparcir la creencia de que eran doctores excepcionales, antes de que sean asesinados.
Hicimos un interrogatorio exhaustivo, y para la tranquilidad de sus familiares, pude desenmascarar al despreciable victimario de aquél hombre sin fortuna.
En realidad el asesino era una mujer frívola y sin escrúpulos.
Esa mujer era mi hermana.
Anita Macedo. //

*Oscar Barreto Linares, abogado, natural de Pucallpa, autor de un poemario y dos libros de cuentos. Es corrector de estilo del diario Ahora - Pucallpa.

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