lunes, 23 de febrero de 2015

Cuento: Una pelea desleal

Una pelea desleal
Autor: Julio Oliveira Valles*




Mi padre era aficionado a los gallos de pelea. No sé de dónde le venía tal afición, ya que en su familia ninguno lo era. Para seleccionarlos, tenía sus propios métodos: les miraba el pico, les abría las alas, les tocaba el esternón y les revisaba hasta las uñas. Para él, los gallos de cantar corto eran buenos peleadores, los demás, servían solamente para caldo. Los adiestraba con variedad de ejercicios, desde jalar pesas, hasta prácticas de vuelo para fortalecer alas y piernas. Respetaba sobremanera a los gallos voladores, flacos y espigados, por eso, andaba haciendo ensayos, cruzando gallinas con gallos finos en su afán de obtener ejemplares con estas cualidades.
Una tarde mientras andaba por el bosque, halló sobre la hojarasca un nido y en su interior dos hermosos polluelos de manacaraco; posiblemente aquel nido, desprendido de las ramas por el viento. Los manacaracos, al decir de los selváticos, son aves que tienen excepcionales condiciones para pelear y fácilmente se adaptan a la vida doméstica.
No desperdició la oportunidad y los alimentó con esmero hasta que crecieron sanos y fuertes. Sabía que al cruzarlos, darían una descendencia extraordinaria. Y en efecto así ocurrió; los gallos-manacaraco, no tenían rival. Mi padre andaba ufano por los caminos de los caseríos vecinos, especialmente los días domingo, con uno de sus engreídos bajo el brazo, buscando la oportunidad de toparlo con alguien que lo cuadrara.
Se hizo famoso con sus animales cruzados, eran realmente sin rival. Ganaba todas las apuestas, y cuando no había dinero de por medio, el gallo perdedor, iba irremediablemente a la olla para servir de complemento a la reunión.
Bauti Gonzáles, hombre del bosque, como de costumbre ese día madrugó a pescar. Eran como las nueve de la mañana y mientras se disponía regresar a su casa, vio en la superficie del lago a una sharara, que por más esfuerzos que hacía no podía levantar vuelo; seguramente ha comido demasiado, pensó. Fácil fue para Bauti, atraparla, y junto a la pesca del día lo llevó a su casa.
Amarrada al tallo de un pequeño arbusto, con una soga de tres metros de largo, el animal permanecía entristecido, con el cuello encogido, el pico hacia el suelo, los ojos entreabiertos y las alas caídas.
Ese día el ufano gallero salió como de costumbre con uno de sus gallos bajo el brazo en busca de rivales. Entró a la casa de Bauti Gonzáles y pidió un trago de puro aguardiente para cortar la mañana. Allí siguió departiendo buen rato hasta darse cuenta de la presencia de aquella palmípeda, que muy entristecida, seguía amarrada al arbusto a un costado de la casa.
―¡Compadre! ―dijo entonces, mi padre, a Bauti Gonzáles.
―¡Te juro por lo que más quieras, que mi gallo a tu sharara le mata de dos patadas!
―¡No creo! ―Replicó Bauti - mirándolo en la cara.
―¡Tú sabes como yo, que la sharara es un animal salvaje, muy veloz fuera y dentro del agua! Observa la forma de su pico, se parece a una flecha que lleva en la punta una ligera curvatura afilada como una navaja. Su cuello largo y delgado se parece a una serpiente que le da extremada movilidad a su cabeza y sus ojos azules, ven tanto fuera como dentro del agua, ¿cómo crees que coge a los peces?
―¡No compadre! ¡Sería una pelea desleal!
―¡Todo lo que quieras! ―replicó mi padre, obstinado en hacer pelear a su gallo con aquella larguirucha palmípeda― Para tu conocimiento ―agregó―, lo que tengo entre manos no es un gallo común de esos que tú conoces; éste es el cruce de un gallina de raza fina con un macho manacaraco. Mi gallo ya tiene su historia y ese pato salvaje frente a él, no es nada.
El diálogo prosiguió entre ambos, cada quién esgrimía sus mejores argumentos; mi padre a favor y Bauti en contra. Mientras copas iban y venían. Por fin se decidió la pelea.
El injerto fue lanzado cerca de su contrincante que pareció ignorarlo. En cuanto pisó tierra, enardecido empezó a picotear todo cuanto estaba a su alcance: hierbas, hojas secas, raíces, pequeños palos, raspó la tierra, batió las alas, levanto la cabeza y dando un canto corto, encrespó las pocas plumas que le quedaban en el pescuezo y emprendió veloz carrera hacia su adversario.
Ni a cincuenta centímetros de haber iniciado su avance, el gallo-manacaraco ya se hallaba en el aire. La sharara al verlo venir, abrió los ojos, enderezó el pico y alargó el cuello. En fracción de segundos se produjo el inevitable ¡zasssssss!..., cuando chocaron.
El gallo fue a caer pesadamente tres metros tras del salvaje, cacareando desesperadamente, parecía gemir, con la cabeza prendida en el suelo y dando vueltas como un trompo. Mientras la sharara volvió a su postura inicial, limitándose a tragar algo que se le había quedado en el pico.
Sorprendido por el inesperado final, mi padre miró a Bauti Gonzáles y entre ambos fueron a levantar al peleador herido, que tenía la cabeza ensangrentada y le faltaba un ojo. Jadeante y con dificultad el gallo levantó entonces la cabeza para mirar a mi padre con el ojo que le quedaba, como culpándolo de su desgracia y luego languideció.
Entristecido, mientras sostenía entre sus manos a su engreído que temblaba de dolor, miró de nuevo a Bauti para decirle:
―¡Tenías razón compadre, ese animal es un demonio!
―Querrás decir, ¡un salvaje! ―replicó este.
Como el trato era entre hombres de palabra, el gallo, cuyos pergaminos quedaban solamente en la memoria de mi padre, fue sacrificado por Bauti Gonzáles.
Por la mañana del día siguiente, mientras daba de comer a sus animales, mi padre juró ante sus hijos, no volver a topar sus gallos con animales salvajes..//

* Escritor loretano, autor de “El indomable curaca”, “Treinta días perdido en la selva”, “Entre ríos y bosques”, “Travesía insólita”, entre otros.

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