lunes, 23 de febrero de 2015

Los orígenes de Yakuruna

Yakuruna (novela). Yaku, agua; runa, hombre. Las historias de este libro se enmarcan en un escenario selvático, donde los seres mitológicos amazónicos, los hombres del monte y la naturaleza misma, dan lugar a la existencia de un personaje sobrenatural.

Los orígenes de Yakuruna
Por Miuler Vásquez

Hace algunos años conocí a un hombre sumamente extraño, de edad indeterminada, eternamente longevo. Lo vi dibujar unos trazos en el suelo, sumido quien sabe en qué pensamientos.
Ese día, los pobladores de 3 comunidades nativas cercanas, se habían reunido para esperar al burgomaestre, quien les ofreció aparecerse a las 9 de la mañana. El alcalde, para su desgracia, llegó al mediodía, en el preciso momento en que la turba enardecida planeaba cuántos azotes merecía aquella tardanza.
Durante esas horas de ausencia, desde mi llegada a ese rincón de selva, yo, el ingeniero responsable de un proyecto pronto a ejecutarse, tuve que confundirme en un punto invisible de la maloca, precisamente cerca de este anciano. Conforme pasaba el tiempo, me hicieron notar su descontento; pero luego, dado que el personaje responsable y más importante con quien debían cerrar sus acuerdos era únicamente el alcalde, pronto me dejaron en paz.
No imaginé en un primer momento la trascendencia de sus palabras; más bien le hablaba de cualquier cosa, sin prestarle demasiada atención. A los pocos minutos, en cambio, su conversación me envolvió en un mundo fantástico, a tal punto que me sumergí en sus historias con verdadera devoción.
Lo primero que me contó, lo recuerdo bien, incluso imagino las comisuras de sus labios arrugados al pronunciar cada palabra, fue la aventura que vivió siendo joven, en la laguna Pajatén, esa a la que todos pueden ver en la lejanía, imponente, azul, pero que nadie puede dar con ella. De pronto él sí pudo, llegó a ella, a sus orillas, se vio a sí mismo en sus cristalinas aguas y de repente su reflejo cobró vida y le atrajo al fondo, debajo del agua, lodo, más agua, la misma que se fue introduciendo por sus narices, boca y oídos... Y ahí estuvo, camina que camina, pero no como los cristianos de la tierra, no, él caminaba con la cabeza apuntando hacia el fondo. Ese mundo estaba al revés, todito al revés...
Y aquel extraño hombre, me siguió contando una y otra historia, cada una más fantástica que la otra, hasta que un menudo hombrecito deshizo nuestro diálogo. Se trataba del alcalde, que todo nervioso suplicaba no le aplicasen el castigo.
Ya sin que me importe el destino de mi empleador, el alcalde, con mi nuevo amigo, salimos de ese lugar y anduvimos unos 800 metros, hasta dar con una modesta casa, construida con techo de palmas y una tarima de cañabrava instalada a unos 2 metros del suelo. Era su tambo, según sus palabras, y este no tenía ni paredes, ni puertas ni ventanas.
Lo que sí había y en abundancia, era bastante pescado ahumado, los más exquisitos de la zona. Al ver mi sorpresa, pues imaginé sus dificultades para adquirirlos, me dijo que conocía lugares estratégicos de pesca, en los dos ríos que bañaban esa tierra.
Me quedé intrigado, ¿cómo era posible?, pensé, imaginando su edad y el esfuerzo físico que se usa en la pesca. Sin embargo, decidí sepultar mi curiosidad, o por lo menos no era el momento de ser indiscreto.
Al cabo de una media hora, comimos abundante pescado, plátano sancochado, frijoles y una bebida que no llegué a distinguir, marrón, de sabor agradable y parecida al chocolate. Después supe que esta era preparada con las semillas de un árbol llamado manchinga.
Más tarde, saciados ya del hambre, me invitó a su chacra. Acepté gustoso, pero, luego de haber caminado casi dos horas, por lo obeso que he llegado a ser, lamenté haber aceptado su invitación. Estaba cansado, molesto por la poca resistencia de mi cuerpo, no obstante nuestro destino se vislumbró próximo.
Cuando le pregunté a qué se debía tanta fortaleza, me dijo, ¡ah!, es que he tomado innumerables purgas, de todo he probado. Y en ese instante nos dirigimos a un tambo aún más despejado que el anterior, y regresó con una botella llena de algún brebaje, del cual bebí solo un trago, porque parecía tener más de 50° de alcohol. Increíblemente, se me pasó todo el cansancio.
Al cabo de un rato más, emprendimos el retorno, yo con un racimo de plátano en mis espaldas, él con un tercio de leña en hombros. Qué martirio ese trajín, doblemente agotador.
Cerca del anochecer, al fin arribamos a su casa. Como pude me deshice de mi carga e intervine en ayudar a mi amigo con la suya. En eso estaba, cuando, al depositar el tercio de leña en el suelo, pude comprobar que por lo menos, el peso de este superaba los 60 kilogramos.
Anonadado, ese día me despedí como un zombi. En casa, tras haber renunciado contra mi voluntad al trabajo, por presión e irresponsable, varios días estuve pensando en lo que me había sucedido, hasta que finalmente me enrumbé en busca de respuestas.
Este anciano, a quien entrevisté una y otra vez, fue la inspiración para crear el personaje de mi novela Yakuruna. Un día me dijo que iría a vivir en su chacra, que ya no volvería verlo en ese poblado. Esa tarde me confesó que conocía cristianos de mucha edad, de más de 200 años. Fue muy extraña su conversación, poco entendible.
Desde ese día no lo he vuelto ver ni en ese pueblo ni en su chacra, pese a que he recorrido, metro a metro, la ubicación de sus dos tambos, los cuales tampoco existen ni parecen haber existido alguna vez. Pero esa es otra historia que más adelante contaré con detalle.

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