miércoles, 25 de febrero de 2015

Me acordé de ti


Por Miuler Vásquez

Me acordé de tus canciones y las escuché hasta la madrugada. En cada rasgueo de guitarra, al son de una voz melancólica e incluso al fijarme en los títulos, te vi.

No pude evitarlo: me sumí en la tristeza. Hace ya varios años que te fuiste, pero aún te recuerdo. Te veo llegar con tus perfectos bigotes, arrastrando tus pesares, siempre dispuesto a mostrar una sonrisa a todos.

Te he dado la espalda en más de una ocasión, he conspirado contra tu buena voluntad y han sido muchas las ocasiones que te sentiste defraudado; sin embargo, una y otra vez has apartado mis injurias y me extendiste tu mano amiga, dispuesto a encaminarme por el camino del bien.

Te he gritado mis absurdas exigencias y he sido un canalla sin justificación alguna, únicamente por el afán de contradecirte. La vanidad, la equivocada idea de atribuirte el benefactor de mis caprichos y mi juventud provista de la más insana alienación, hicieron de mí, ciertamente, un verdadero canalla.
Cuando la desesperación se apoderó de mis entrañas, en ese tiempo difícil de mí delgada existencia, fuiste mi consuelo. A pesar de tu dureza, una tarde vi que de tus ojos resbalaba una gruesa lágrima. Ni me puse a pensar en cómo te sentías, únicamente pensé en mí.

Con el pasar del tiempo, tus pasos se hicieron más lentos. Ya no mirabas con proyección, se te notaba cansado y triste. Me costó ver tu tristeza, o más bien, creí que tus pasos no se detendrían nunca.

Te amo mucho. Quizás nunca te lo dije, quizás me fue difícil comprender tu naturaleza y en vano tantas veces juzgué tu proceder...

Yo no quiero juzgarte ahora, solo necesito que me abraces y me brindes tu pecho para decirte lo mucho que me importas y la falta que me haces.

Y que mis palabras saturen tus oídos de frases amorosas, y que estés enterado de lo feliz y orgulloso que me siento de llevar tu sangre.

¡Y que puedes contar conmigo, aquí estoy, presto a no fallarte nunca!

Solo quisiera que me abraces, me des tu protección y no te vayas de mí.
Pero no estás, padre, ya nunca estarás. //

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